(Diario de adolescencia) 12 de diciembre de 2016



No escribí más en todo el día de ayer. A las tres de la tarde, tomé el autobús a Barcelona. De cuatro a cinco, estudié en la biblioteca de la Facultat de Geografia, Història i Filosofia: hay vigilantes en la entrada porque se acercan los exámenes y deben velar porque no entren chicos de otras universidades. Miro fijamente a un chico mientras estudio ruso: anillo plateado con forma de serpiente, de lo que deduzco una cierta excentricidad. A las cinco, me encuentro con Helena: hablamos de la cena de Navidad de los putti, nuestra peña de amigos; de la relación que ha empezado con Miguel; de mi relación ―mucho más definida y retrógrada― con I… Todo bien.
Compruebo que el inicio universitario ha juntado un nombre (¿excesivo?) de personas. A las seis y media, me encuentro con Merche y vamos al CCCB a ver Combat d'amour en songe, dirigida por Raoul Ruiz: hay un espejo cleptómano, «la perla del sultán» (que es como un leitmotiv que recorre todo el filme), un seminarista que rechaza a una Lucrezia de rostro plano diciendo: «¡Dogma de fe!», monjas cuyo mayor pecado es la glotonería y (en un caso concreto) sueños impúdicos, un chico que descubría una web donde se contaban los avatares de su vida cotidiana veinticuatro horas antes de que ocurrieran, un personaje que cobra la apariencia de quien ve porque hizo un trato con el diablo porque no se gustaba (¿Zelig, de Woody Allen?) y frases como: «Todo en este mundo ocurre de una manera abrupta» o «El libre albedrío existe allí donde hay historias.», que me recuerda a la teoría de la contingencia de Sartre. La escena que da nombre a la película es esa en que el seminarista y Lucrezia se encuentran en sueños y ella susurra: «Amor en sueños.» Tengo la impresión de que Merche se duerme mientras que yo no puedo dejar de descojonarme con las escenas de canibalismo de niños o chillidos súbitos. Salimos. Dice Merche que le cuesta encontrar metas ahora que ya no está en bachillerato y no tiene que estudiar cada día. Me separo de ella. Quedo con I en Carrer Tallers y nos dirigimos a La Fogia, donde nos conocimos. Fumo tres Lucky Strike que me regala. Ceno un bocadillo de atún, lechuga y tomate. Se me indigesta. Beso a I. En la vuelta a Mataró en autobús, no puedo leer: cierro los ojos y apoyo la cabeza en el asiento. Me duele terriblemente el estómago. Llego a casa y me meto en la cama.
¿Hoy? Hoy debería haberme levantado a las cinco para escribir. Me he levantado a las siete y he desayunado con mi madre, con la tele encendida. La tele, de buena mañana, me irrita. Palpo el bolsillo de mi abrigo y aún me queda un cuarto cigarrillo que me dio I: dice tener miedo de que me enganche. Tomo el autobús a Barcelona. Clase de griego: no recuerdo ninguna declinación. El profesor acaba hablando de la incapacidad de los alumnos de ahora para retener grandes cantidades de información durante mucho tiempo; asegura no culparnos, es culpa de quienes nos enseñaron. «Hay muchas cosas que sabemos de memoria y no sabemos por qué las sabemos. Si nos observamos a nosotros mismos, será más fácil deducir por qué.»
11 a. m. Café con I. Fuma y tira la ceniza sobre este diario. Dejo de escribir porque me pregunta: «¿Crees que este es un buen momento para ponerte a escribir?» Conversación sobre el amor con Marian Luna. Almuerzo en Mataró. Por la tarde, clase de ruso. Ceno pronto y, ahora, a las diez y veinte, ya estoy en la cama. Confío en poder levantarme a las cinco y seguir escribiendo La fuerza de lo que no será.

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