(Diario de adolescencia) 11 de mayo de 2017



Que algunas personas están destinadas a hacer grandes cosas es una afirmación inexacta. Quizá Jordi de Sant Jordi habría escrito tanto como Ausiàs March si no hubiera muerto tan joven. O no. No sabemos nada de lo que pudo ser y no fue; ese hecho podría convertirse en una de las inquietudes más importantes e inútiles de nuestras vidas. Que algunas personas son susceptibles de hacer grandes cosas es una afirmación diferente. Se corresponde más inteligentemente con la realidad.
Uno preferiría ir por el mundo ignorando que existe la gente mediocre. Sería posible hacerlo, ¿pero no nos estaríamos engañando? Nuestra vida, en ciertos momentos, ha caído en una espiral de nada; nos hemos convertido en eso mismo, en unos mediocres. Después, con la perspectiva del tiempo, hemos reconocido esa mediocridad, aunque, mientras estábamos inmersos en ella, éramos incapaces de advertirla.
Aleix es alguien susceptible de hacer grandes cosas. Se le ve llegar a un lugar  con sus camisas, sus pantalones sastre, sus gafas de sol, su mutismo ocasional, su delicada e incluso estilizada voz. Se le ve llegar y se sabe que, en algún momento determinado de su vida, en algún lugar insospechado, hará una de esas cosas que ―por mi gusto por las vaguedades cuando describo a personas― llamo genialidades.
La primera de las muchas genialidades que le auguro, de hecho, ya ha ocurrido: ha sido un desfile. Durante un tiempo, como haría un coleccionista, Aleix se ha dedicado a comprar ropa nueva o de segunda mano y ha llenado sus armarios, dándoles un aspecto ciertamente aterrador ―esto es algo que imagino, porque aún no me ha invitado a su casa. Después, ha hecho algo que un coleccionista no haría: ha profanado el objeto de su colección. Ha cogido chupas, abrigos de piel, jerséis, quimonos, pantalones y trajes y los ha mezclado con otras prendas ―e incluso con cosas que, propiamente, no son prendas. Ha usado su imaginación para dar cabida a un universo extravagante, separado del mundo que todos reconocemos como nuestro. Algunos nos dedicamos a crear buscando las palabras que mejor se ajusten a una idea (palabras, por cierto, que no son la realidad por más que la representen); otros se dedican a representar esta realidad con medios más visuales, aunque igualmente humanos. Hay algo en lo visual que los escritores siempre envidiaremos. La colección que ha resultado de las mezclas de ropa de Aleix lleva por título Puke.
Aleix está cursando segundo de bachillerato en el colegio jesuita de Carrer Casp. Sí, es el colegio al que volví la semana pasada. Esta semana, he tenido una razón nueva para regresar: someterme a sus órdenes. Como cada curso, se ha organizado un acto, unos premios, en que los alumnos participan de distintas formas, como cantando o recitando. A Aleix, hace unos meses, se le ocurrió participar montando un desfile. ¿Un servidor desfilando? Bueno, él me había dicho que lo único que tendría que hacer sería caminar por una platea como si tuviera prisa. Así lo he hecho, después de que me vistiera con un quimono negro y un tul blanco que me ha pasado a través de las mangas; me cruzaba la espalda haciéndome cosquillas. En total, hemos desfilado veinte personas. A una chica le ha puesto una cortina. A otra chica le ha ajustado una toalla de playa a modo de vestido. Ha puesto extensiones, candados y borlas sobre las prendas. Los colores predominantes eran el azul, el marrón y el negro. Él, para salir a saludar al público al final, se ha puesto una chaqueta al revés.
Aleix es heredero de Margiela. De hecho, hizo su treball de recerca sobre ese diseñador. El próximo curso, estudiando diseño de moda, probablemente consiga canalizar toda su fuerza creativa a través de la harmonía que le enseñen sus profesores. A partir de entonces, el éxito será inminente, si no se da  el caso de que es un Jordi de Sant Jordi o que pierde la esperanza estúpidamente ―es bastante seguro que no pasará. El fundamento para ser un gran diseñador, un genio, ya está en él; es comprobable en escenas como la de hoy, que me ha llenado de la satisfacción que da formar parte del comienzo de algo maravilloso.
Más tarde, he ido a comprar a La Central. En un estante de novedades, encuentro un diario que acaban de publicar de Salvador Pániker. ¿Pániker escribió diarios y se los editaron en vida? Sí. Primera noticia. Dios mío, saber de otras personas llevaron a cabo una obra similar a esta de la que dudo tanto es suficiente para alegrarme el día.

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