(Diario de adolescencia) 11 de julio de 2016



El enamoramiento ha durado menos de dos meses y no ha existido relación amorosa alguna. Cortó por lo sano, el sábado por la noche, antes de que yo saliera de fiesta con unas amigas barcelonesas. Me envió un mensaje: «El fin de semana pasada fueron las fiestas de Terrassa. Conocí a un chico. Él me gustó. Yo le gusté.» No fue tan esquemático, pero algo parecido. Además, añadió una serie de clichés que, más que consolar, dañan: «Podemos seguir siendo amigos.»
Me queda el refugio de la novela. Cada vez que mi mente se desvía hacia su cara, su nombre o las cinco citas en persona que compartimos, intento centrar mis ojos en lo que tengo a mi alrededor y, si veo una silla, me obsesiono con ella; si veo una escalera, con ella; si veo un cielo, lo observo. Sin pensar. Sin decirme nada. Basta de vocecillas interiores. He dejado de lado esos pensamientos que antes tenía para concentrarlo todo en él; el retroceso al estado de antes será difícil.
Lo más duro, sin embargo, es pensar en este desengaño como en una muerte, como en un mundo que se apaga, un paraíso perdido. Añoramos la infancia, pero el paso de ella a la adultez es tan paulatino que no nos damos cuenta de que ocurre.
Quiero escribir y, sin embargo, también pienso que, al comenzar la novela estando enamorado, ahora soy incapaz de continuarla. Quiero volver a conocer a mis amigos. Quiero olvidarlo por un tiempo: le he dicho que, cuando vuelva de su viaje por Alemania, el diez de agosto, podremos volver a hablar. No sé si entonces será posible nuestra amistad, pero me supondría un golpe demasiado duro dejar de verlo en mi vida. Hoy —¡aún hoy, lunes!— me he despertado y lo primero que he hecho ha sido mirar el móvil, como durante las últimas semanas. No sé qué me llevaba a esperar un mensaje suyo. Me habría alentado recibirlo, aunque, al mismo tiempo, lo habría complicado todo.
A la vez que estos últimos tiempos he sido más natural, he perdido disciplina y fuerza de voluntad. El desamor debería corresponder a los fuertes, no a alguien como yo. ¿Por qué se me ha castigado así? Solo he pretendido amar a alguien que también me amase y con quien pudiera imaginar que la eternidad era algo nuestro. Ni siquiera he buscado el amor: este chico apareció en mi camino como de la nada. ¿Fue mi error ver en él algo más desde un principio?

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