(Diario de adolescencia) 11 de julio de 2015



El segundo y último capítulo de Los paseos por la frontera será todo filosofía sartreana. El protagonista, Albert, al que su pareja, Monte, había engañado convenciéndolo de lo que él quería era el proyecto que ella se marcaba como proyecto-fin personal, se da cuenta de que en el bosque no consigue la inspiración que sí le daba la ciudad de Mataró, una inspiración costumbrista que se basaba en observar a los ciudadanos y escribir sobre ellos. Ahora, viviendo en el bosque e implicado en el proyecto de Montse (la constitución de una editorial que reúna autores actuales de los que son amigos), se ve a sí mismo como un condenado que no podrá recuperar su proyecto-fin hasta que no regrese a la ciudad. Después de la inversión que han hecho en la finca rural que funciona como sede de la editorial, se siente literalmente impedido de sugerir la idea de volver a la ciudad a Montse. Así, oprime el deseo de recuperar su proyecto personal, y, sumergido en el papel del realizador de un proyecto-fin que no es el suyo (el del editor, el de la editora Montse) se deprime y entra en el agujero de una existencia sin finalidad. Sin finalidad, y, por lo tanto, sin acciones destinadas a nada. Sin acciones destinada a nada, y, consecuentemente, sin libertades por las que luchar. En definitiva, se trata de la cosificación de Albert después de haber sido engañado por Montse y de tener miedo de confesarle que quiere recuperar el proyecto por el que está vivo. Albert sigue existiendo, pero con el valor de las cosas, y no con el del hombre que da un sentido a su existencia marcándose objetivos.
La relación entre Feo y descalzo y Los paseos por la frontera será visible, sobre todo, en el paso del bosque a la ciudad en el primer caso y el paso de la ciudad al bosque en el segundo. Pero la realidad que presento en ambas historias es bastante diferente. Incluso se podría decir que este viaje de un lugar a otro representa lo opuesto: en Feo y descalzo el bosque es el espacio donde el protagonista se siente libre y, en Los paseos el protagonista se siente libre en la ciudad. De todas formas, comparar las dos realidades, tal y como lo estoy haciendo, es un error. Feo y descalzo no deja de ser una adaptación del relato de la cueva de Platón: Bernat es libre porque ignora que fuera del bosque existe un mundo en que la gente entiende las cosas de un modo distinto al suyo. Cuando se ve obligado a vivir en este mundo ignorado, pierde la libertad del bosque, que, en cualquier caso, solo era una ilusión.

Hace casi una semana que no escribo en este diario. Es horrible. Me digo a diario: «Llegarás a casa y teclearás cuatro tonterías sobre tu mañana o tu tarde», pero, luego, entro por la puerta y salen unos contratiempos que me alejan de estas páginas.
En realidad no tengo excusa. Desde que me compré un móvil suficientemente grande como para escribir con él, las entradas en este diario aumentaron. Quizá no recupere la normalidad hasta la vuelta al curso, en septiembre. Qué le vamos a hacer: el verano lo desordena todo. También tengo que matizar que lo desordena a bien. Si no he podido escribir aquí es porque he estado metido en proyectos más amplios que durante el curso escolar no habría podido abarcar.

Por la tarde he ido a ver una acción poética, en el museo Ca l'Arenas. El artista que la creaba era J. M. Calleja, un hombre que me ha recordado a Umbral, pero con un aire más juvenil. En su vestir negro y en su melena se notaba la actitud de quien, pese a envejecer, no renuncia a lo que creía en su adolescencia.
En el patio de guijarros del museo, habían colocado cincuenta y pico sillas. No las han llenado todas. Delante había un escenario con una fuente. Aparece Calleja en escena, se sienta en una silla frente al público. Abre un diario, lo lee, lo tritura y luego lo quema en un cubo de metal. Una vez se ha reducido a cenizas, se dirige a una pared en blanco y empieza a hacer grafitis con un espray: «Corrupción, dirigismo cultural...» Etcétera, etcétera. Toda la pared cubierta de tragedias del día de hoy. Y, mientras, Calleja grita: «Prou! Prou!».
La acción termina con Calleja, desnudo, delante de la fuente del escenario. Grita: «Bon vent i barca nova!» y se tira un cubo de agua por la cabeza. Corre a esconderse y el público aplaude. Dejo de hacer fotos como un tonto y me uno a sus aplausos.
Dos filas por delante de la mía, un niño hacía cara de estar presenciando el mayor coñazo de su vida. Iba girándose y mirando a los espectadores sentados detrás de él. Su madre, al verle, le hacía una señal para que se volviera hacia delante y él obedecía.

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