(Diario de adolescencia) 10 de septiembre de 2016



La protagonista y narradora de Partir, de Lucía Baskaran, llamada Victoria, vive en Madrid a sus diecisiete años y confiesa algunas de sus ideas de un modo que las hace parecer apuntes provechosos sobre la vida. ¿Qué ejemplos podríamos poner de estas ideas? Bueno, el siguiente sería muy correcto: «Una de las primeras lecciones que aprendí fue que nada importa demasiado, pero que es muy importante actuar como si todo fuese de gran relevancia. Intento tenerlo siempre presente.»
Me resisto a seguir citando fragmentos del libro por miedo a que, finalmente, el cuerpo total de este pasaje lo componga en un mayor tanto por ciento palabras escritas por otros que por mí. También debo decir que es un temor absurdo, puesto que, a medida que uno se acostumbra a escribir a diario, olvida ese sentido de la propiedad en referencia al texto y prefiere entender sus propios escritos como una oportunidad para revelar sus ideas secretas y difundir las más sabias de los demás.
Sea como sea, es oportuno que cite esa novela de Baskaran porque el escenario madrileño es en el que me moveré durante las próximas treinta y ocho horas. Son las 7.11 a.m. de una mañana de sábado nublada y fresca, por extraños que parezcan esos adjetivos en un verano como el de dos mil dieciséis. Faltan dos días para que empiece mis clases en Universitat de Barcelona y, sin embargo, ahora mismo no hay ningún pensamiento sobre el mundo académico que me recorra la cabeza, sino que pienso en los museos que visitaré pronto... Tan pronto como dentro de dos horas.
Cuando cumplí dieciocho años, la pareja de mi hermano y él mismo me regalaron este viaje, una oportunidad de desprenderme de mi casa durante un fin de semana y caer en los brazos de Morfe... No… Mejor de San Lucas, patrón de los artistas. Es a él a quien pido que el Madrid que encuentre (es decir, el Madrid del Prado, del Reina Sofía, del Thyssen-Bornemisza...) sea tal como lo he imaginado. Porque, aunque ya visitase Madrid allí por el año dos mil seis o dos mil siete, el recuerdo que guardo de la ciudad es de tan ínfima calidad que, a veces, me pregunto si las imágenes que quedaron en mi mente de ese primer viaje se fundan en alguna realidad o si son un recurso de mi imaginación ante el verdadero vacío de mi memoria ―como si mi memoria, con miedo a perder una valiosa información sobre el pasado, la hubiera recreado para que no me enfadase con ella.
A las 7.28 a.m., despegamos y el piloto del avión maniobra sobre el Mediterráneo para tomar dirección a la capital. Debajo de nosotros, solo queda el mar. El avión se balancea, mostrándome, a través de la ventanilla, dos marinas pictóricas: una de costa y otra de alta mar, cuando las alas se inclinan hacia un lado y a través del cristal solo se ve una mancha azul. Las ciudades se encuentran en una lejanía tan disipada que cualquiera las definiría como minerales, en lugar de sitios urbanos; dejan de distinguirse por sus formas y se vuelven tan monolíticas como el verde de los bosques que las rodean. En media hora, habremos llegado.
Al fin, lo hacemos a las 8.19 a.m. He intentado leer unas páginas de Terenci Moix durante el vuelo, pero no siento ningún tipo de interés por las vidas de los personajes de Amami, Alfredo! Este hecho me molesta; creía, por esa canción de Hidrogenesse dedicada a Moix, que el autor barcelonés se volvería una de mis grandes pasiones por las preocupaciones ―y sobre todo las tentaciones― sobre las que escribe.
Hay personas cuya presencia es imponente hasta que las conocemos con profundidad y descubrimos su lado más humano. Si Barcelona hubiera sido una ciudad, durante segundo de Bachillerato habría tenido tiempo de humanizarla y quererla como a un buen amigo. Madrid aún mantiene ese aire de inalcanzable, de diosa que puedo ver pero no tocar. En sus museos me moriré de ganas de poner los dedos sobre las pinturas.

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