(Diario de adolescencia) 10 de mayo de 2017



Un poco antes de las ocho y media, a través del cristal del autobús —que se ha detenido delante de un semáforo—, me quedo mirando a un hombre. Tiene el pelo rizado, rollo David de Miguel Ángel. Lleva camisa blanca, metida por unos pantalones azules; el cinturón que los sujeta es trenzado, ocre, no sé, demasiado complicado como para servir solo para sujetar una prenda. Su americana también es azul y se arruga un poco cada vez que mueve los brazos, porque tiene unos auriculares puestos y da golpes con las manos sobre sus piernas al ritmo de una música inaudita. De un momento a otro, me ve. Se gira y me ve. ¿Se debe haber girado por azar? ¿Habrá sabido que lo miraba? En el mismo momento en que ocurre, no reacciono. Me vuelvo hacia el libro que tengo entre las manos y sigo leyendo. Segundos después, me doy cuenta de que soy incapaz de concentrarme de nuevo en la lectura. Ese chico podría haber dirigido la mirada hacia muchas direcciones; sin embargo, ha decidido dirigirla hacia alguien que le estaba observando. ¿Qué le ha alertado? ¿Por qué fenómenos como este ocurren de una forma habitual y no les damos ni la más mínima importancia? No encuentro ninguna respuesta, pero me compro un café con leche después de bajar del autobús y me voy a empollar.
Horas y horas en la biblioteca. Horas memorizando, repasando. Memorizar para olvidar. Esa es la consigna. Tampoco es que el resto de cosas que hacemos tengan mucho más sentido que eso, pero lo sorprendente es cómo nos han convencido de que toda vida debía regirse, primero, por los estudios y, después, por un trabajo. Nos han vendido una vida hecha y no nos han dado la oportunidad de que asumamos nuestros propios valores. El peso de la cultura, de los valores aprendidos es tan grave que, a momentos, parece que nuestro propio tiempo nos ha enterrado vivos. ¿Por qué no convertimos ese en nuestro punto de partida?
Mentir a mis padres siempre ha sido el recurso más fácil para que dejaran de meterse en mis asuntos. Así, han llegado a ser un cero a la izquierda en mi vida. Ni saben qué cosas me han ocurrido ni cómo he reaccionado a ellas. No sé cómo se explican mi carácter. En parte, es consecuencia de lo que he vivido, y de eso no tienen ni idea.
Durante mucho tiempo, he tratado de ser sincero. A menudo, me siento cansado de todo y miento porque no quiero hablar más, porque la verdad (¿qué es eso?) exige detalles.

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