(Diario de adolescencia) 10 de junio de 2015



He ido al colegio a consultar cuáles habían sido algunas de las notas de los exámenes que terminé ayer. Las definitivas las sabré el viernes.
Al salir, me he topado con algunos de los profesores que tenía cuando iba a primaria. He pensado en esos tiempos y en cómo ha cambiado mi concepción del profesor. Ha sido un cambio a bien, una mejora. Cuando esos señores eran profesores, yo no me daba cuenta de nada, era como una especie de distraído de la vida y de las cosas. Por lo tanto, lo único que guardo de ellos es un muy vago recuerdo. Pero en ese recuerdo hay unas cuantas imágenes que me ayudan a crearme una opinión sobre ellos.
Evitaría comparar, pero no puedo: mientras que a los profesores que he tenido en secundaria y bachillerato los he visto en contadas ocasiones tomándose un café por más de un cuarto de hora, los de primaria son otra historia. Da la casualidad de que, en el camino que hacía para ir a las clases de la tarde, había un restaurante, que era en el que los profesores comían y hacían la sobremesa. Una sobremesa extensa, casi forzada, que a veces apuraban hasta que no eran y veinticuatro (entrábamos a las tres y veinticinco).
No dudo de que también hay profesores vagos en secundaria, pues yo mismo me los he encontrado, pero me he dado cuenta de que los de primaria, por motivos que se me escapan, tienden a olvidarse de lo que les apasionaba de la enseñanza y a alargar esas sobremesas hasta el extremo. Tal vez sea que lo que realmente mueve a un profesor es la materia tratada, y no la enseñanza. Por lo tanto, un hombre que estudie para ser profesor acaba aburrido de ello. Al mismo tiempo, uno que estudie, por ejemplo, Historia, y acabe dando esa asignatura a chavales de secundaria, mantendrá cierta ilusión.

Ayer, en la presentación de un libro de Martín Caparrós en El Foment de Mataró, oí: «Mi madre solía decir: joder, qué difícil es morirse». A continuación, los dos interlocutores se troncharon. Estaban detrás de mí y tuve que agacharme para que no viesen mi reacción.

Es una historia redonda. Un primo lejano de mi abuelo se murió hace unos días. Su nombre era J. Su mujer, M, había fallecido hará medio año. Formaban un matrimonio de vividores, dos señores que no habían tenido hijos y que habían aprovechado su vejez para viajar, vender patrimonio e ir montándose sus cuentos.
Se dieron dos casualidades: una era que, no hace ni un año, mi abuela se encontró a J en el cementerio. Lo sorprendió barriendo el nicho de su familia. Probablemente se imaginaba que, en muy poco tiempo, tanto su mujer como él descansarían allí. Lo que le debió sorprender fue que fuera su mujer la primera en abandonar el mundo.
Días antes de su muerte, le había comentado a mi abuela que iban estrechos de dinero. Estoy seguro de que él pudo seguir haciendo su vida con toda comodidad los meses que sobrevivió a su mujer.
Después, la esquela con su nombre. Los dos dentro del nicho. En sus cuentas bancarias, ni una gota de dinero. Habían vivido y disfrutado. Lo poco que habían guardado seguramente lo dejaron a un sobrino por parte de ella. En fin, dos vidas que hacían una y que, ahora, ya no significaban nada.

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