(Diario de adolescencia) 10 de abril de 2017




Corrigiendo la novela que acabé de escribir hace unos días, La fuerza de lo que no será, me doy cuenta de algo: soy incapaz de defenderla. Estoy demasiado insatisfecho con el resultado. Y, sin embargo, sé que tendría esta sensación con cualquier texto que escribiera. Aspiro a crear algo sencillo, descriptivo y ameno. Dudo de que lo haya conseguido.
La oración simple es una de las frases más bellas que se pueden encontrar en la literatura, quizá. ¿Cuál es mi estilo? Mi estilo es el de alguien que tiene la intención de hacer oraciones simples. Este tipo de oración no siempre es posible, por mala suerte. La coordinación, la subordinación… Cuando uno escribe, sin darse cuenta, empieza a anudar frases con frases hasta crear un tejido que, en ocasiones, es demasiado pesado.
La fuerza de lo que no será tiene demasiada subordinación, demasiada coordinación. Además, el narrador revela detalles que no debería revelar. Corrigiéndola, tengo ganas de volver al pasado, al momento en que la escribía, y decirme a mí mismo: «Cállate un poco, haz el favor. El lector es lo suficientemente inteligente como para sacar estas conclusiones por sí mismo.»
Lo más razonable sería que la reescribiera. No lo haré. El argumento ya no me despierta ningún interés; lo conozco demasiado bien. Tengo ideas para una novela que me gustaría empezar, pero no quisiera precipitarme de nuevo.
Dedico la tarde a leer Vida privada de Josep Maria de Sagarra. Ayer, las primeras decenas de páginas me sorprendieron para mal: «¿Y esto es uno de los clásicos de la literatura catalana?» Hoy, he empezado a entender su funcionamiento: Sagarra hace la operación de desnudar la sociedad barcelonesa de un momento histórico muy concreto, aunque la hipocresía que se ve en todos los aspectos de esa sociedad no solo es propia de los años veinte y treinta del siglo pasado. Me parece que esa misma hipocresía aparece en la primera novela de un amigo, Joan Duran.
Leo en el patio de casa, paseando. Corto una flor de lavanda por su tallo, con las uñas. Me la meto en el bolsillo. La palpo allí, sin dejar de leer. A media tarde, empieza a llover. Me encuentro con el siguiente pasaje: «Jo no sé quan aprendràs a tractar el papà. No veus que és inútil; ell i nosaltres no ens entendrem mai.»
La vida no está hecha de grandes acontecimientos. O, al menos, deberíamos aclarar que tanto está hecha de grandes hechos como de los momentos cotidianos, sin que sea posible una jerarquización.

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