(Diario de adolescencia) Semana del 6 al 12 de abril de 2015



La primera diapositiva de la charla consistía en un fondo blanco con las palabras «Escriure per recordar» en el medio. Letras negras. Bonita comparación del recuerdo con el lienzo blanco, y es que, ¿quién sabría más sobre el recuerdo que un pintor? En definitiva, la memoria es nuestro lienzo, que llenamos con colores tan desconocidos como previsibles. Ni una sola pincelada es idéntica a las anteriores, aunque más de una vez nos pueda parecer que se repiten como si detrás de las casualidades hubiese una mano divina y bromista. Care Santos era la invitada que había puesto título al encuentro y que, a continuación, también le pondría voz.
Tras introducir el tema confesando que había sido ingenua al creer que era la primera que lo trataba, también dio algunas pistas sobre una obra que se trae entre manos y que tiene su origen en eso, en el recuerdo, y, en concreto, en el recuerdo de unos familiares que no conoció pero que le intrigaron. A la pregunta de si alguien recordaba los nombres de todos sus tatarabuelos, el público calla. Segundos más tarde, traga saliva. Hasta que Care no decidió seguir con su discurso, todos vimos delante de nosotros el abismo que nos separaba de esas personas con las que no solo compartíamos sangre, sino que nuestra historia venía de la suya.
El recuerdo como material con el que jugar al escribir, y, en general, al crear. Y pensamos especialmente en el recuerdo como ese patrimonio que, cuanto más viejos somos, más crece. Por ese mismo motivo Care negaba que un autor de dieciocho años pudiera escribir sobre su propia vida; no había un contenido ni suficientemente grueso ni asimilado para contar. Y yo creí en ella. No es necesario investigar casos muy específicos para descubrir que, cuando uno es joven, cuenta con anécdotas, pero no con una experiencia completa.
Es ese mismo recuerdo el que me interesó cuando, el miércoles, estuve investigando a Josep Carner. Poeta, traductor, editor, entre tantas otras cosas... Ah, sí, y no puedo olvidarme de eso que no nos produce menos que envidia a todos los que oímos hablar sobre él: era asombrosamente precoz.
La suya es la vida de quien se marcha para no volver, sin ser consciente de ello. Cuando Carner, con más de treinta años, una familia y prestigio sólido, se ve obligado a recurrir al funcionariado por su situación económica, parte hacia Génova y no cree que el tiempo que vaya a estar separado de su patria pueda ser demasiado largo.
El año 1970, el mismo de su muerte, cuando viajó a Cataluña por última vez, llevaba treinta años sin pasar por esas tierras y cincuenta sin habitarlas. Sin embargo, hay una parte importantísima de su producción poética que se basa en eso. Sí, en su recuerdo de una Cataluña en la que los proyectos novecentistas se podían llevar a cabo, en su observación de una Cataluña hundida en la penumbra y en el sueño de una Cataluña más parecida a la Bélgica que le había acogido con las manos abiertas y cien paraguas eminentes, ai, badats.

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