(Diario de adolescencia) Semana del 27 de abril al 3 de mayo de 2015



Deshago las greñas de mi gata, Mixa, mientras pienso en qué ha pasado de bueno esta semana.
Dejando de lado que he tenido cuatro días para poner en orden mis asuntos, debo mencionar el Festival de Cine de Autor de Barcelona, una de las citas que más esperaba este año, casi con la misma impaciencia que de niño dedicaba a las fiestas mayores.
Por más ilusión que me hiciera, tampoco he ido a ver tantas películas como habría querido. De entre esas que más me ha dolido perderme: Hill of freedom, dirigida por Hong Sang-soo. De admirar las obras de este coreano he pasado a obsesionarme con su cine y también con su teoría narrativa. Para llenar el hueco que me había dejado no ir a la sesión de esta película, intenté averiguar cómo ver una de sus películas que me quedaban pendientes, Our Sunhi. Título anterior al que se presentaba en el festival, me sorprendió alguno de sus aspectos argumentales. Hong Sang-soo, que suele perseguir a sus protagonistas tanto si están condenados a vivir solos (como en Night and day) como si son parejas o tríos (Woman is the future of man, Woman on the beach), se desorienta entre los secundarios de Our Sunhi. Un entramado de hombres que tienen su razón de estar en la misma mujer: Sunhi, que ha vuelto a Seúl en busca de la carta de recomendación de su antiguo profesor. ¿Si hubiera ido a ver Hill of Freedom me habría encontrado con algo imprevisto? La respuesta es que no, un rotundo no. Una de las virtudes de Hong Sang-soo es su resistencia a crear obras que se salgan de la línea que viene siguiendo desde sus inicios. Si se comparan algunas de sus primeras películas, como sería The turning gate, con otras de más actuales (por ejemplo, In another country), parece que no haya pasado por ninguna evolución. Creer eso es uno de los peores errores en los que se puede caer al entrar en su cine, diría yo. Lo que da un especial valor a sus personajes y las situaciones que propone tiene que ser la incapacidad de entenderlos. Más que infantiles, como muchas veces se los ha definido, creo que las mujeres y hombres que salen en las películas de Hong Sang-soo están demasiado alienados y apartados del mundo en el que les ha tocado vivir como para expresar sus emociones bajo un control protocolario. Hay rabia en algunos de ellos, pero no suele estar justificada. También hay alegría, pero es raro el caso en el que no es consecuencia de la bebida.
Una de las películas del festival que me pude escapar a ver fue La sapienza, de Eugène Green, un director norteamericano que estoy convencido de que es mucho más europeo de lo que nunca lo seré yo mismo. Y, de hecho, el mismo cineasta coreano sobre el que escribía antes también tiene un no sé qué europeo, un no sé qué de nouvelle vague que solo se encuentra en aquellos que confían en el cine de autor. Aunque en un principio traté de convencerme de que en realidad estaba viendo Hill of Freedom y no La sapienza (¡ah, cómo había sufrido por no verla! ¡No me canso de decirlo!), llegó el momento en el que cedí. No sé si fue la frialdad de los personajes (herencia de Bresson, sin duda) o sus reacciones, al estilo de las de los muñecos de Manoel de Oliveira, pero hubo algo que me impidió salir de esa sala sintiéndome igual que cuando había entrado. Se trata de cine que guiña el ojo a otro cine. Influencias sobre influencias. Cine dentro del cine que nos compromete a los dos, al director y al espectador.

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