(Diario de adolescencia) Semana del 25 al 31 de mayo de 2015



Visitas a algunos museos. He ido a exposiciones que desde hacía tiempo me llamaban la atención. No ha sido hasta que he visto cerca las fechas de clausura que me he dado prisas. Por más que ir a última hora no sea lo mío, hay citas tan apetecibles que nunca se ve el momento perfecto para zanjarlas.
Cuando se trata de museos en Barcelona, aprovecho el tiempo del trayecto desde Mataró para consultar reseñas y leer sobre lo que voy a visitar. Lo hago con esas exposiciones que son más clásicas o históricas, de las que sé que encontraré información objetiva que no me condicione. Sería el caso de la que ahora hay en el CCCB sobre W. G. Sebald. Un recopilatorio de obras hechas por artistas que, más o menos conscientemente, han estado influenciados por el alemán.
Y justo escribiendo esa última frase me he encogido en la silla. ¿Podemos hablar de Sebald como de un alemán? Asunto conflictivo, como el de Joyce y que fuera irlandés o de Gabo y las ciudades que se lo apropian.
Quizás ese sea de los interrogantes más ligeros que uno se plantea cuando visita la exposición. Grandes temas, como el del recuerdo o la identidad, están en el foco de mira, y, a través de textos del mismo Sebald o de otros, pensamos en ellos, poniendo el acento en la transformación que sufrieron después de hechos del siglo pasado. Entendemos que hablar de Sebald es hablar de algunas de las incógnitas a las que condujeron a la población las dos guerras mundiales. En el diálogo de artistas más nórdicos con otros de propios ―por ejemplo, la grabación de un proyecto que hurga en la memoria del franquismo― descubrimos qué tienen estos de universales.
Saliendo del CCCB y girando hacia la derecha, uno se encuentra con los cristales del MACBA; es el llamado Gran Vidrio. Hasta hace unos días, si se miraba a través de ellos en horas en las que los rayos de sol no los opacasen con su luz, uno se encontraba con la intervención de Pep Dardanyà. Car je est autre era su título y proponía reflexiones desde un espacio público como es la calle Montalegre sobre la doble identidad, las ciudades multiculturales... En este punto, Barcelona pasaba a formar parte de la obra, como si fuese una extensión de la misma. El visitante se detenía delante del escaparate, alarmado por las gigantescas fotos de bustos en que consistía, y refrescaba pensamientos por los que se seguiría preguntando a su avance por Ciutat Vella.
Volviendo a girar hacia la derecha, una vez se ha dejado el Gran Vidrio detrás, uno se topa con el MACBA. Y si esa discreta obra ya se hacía sugerente, lo que podía encontrarse dentro del museo, también lo era. Destacaría el espacio dedicado al escritor Osvaldo Lamborghini, quien, a su muerte, dejó para la posteridad una inmensidad de cuadernos y libros a los que había dado su toque personal con dibujos y collages. Tal vez sea la exposición con más dinamita en estos momentos. Incluso con más que La bestia y el soberano, empequeñecida por una polémica a la que nos gustaría pasar página. La sombra de lo que ocurrió hace pocas semanas me impidió visitar la exposición con los mismos ojos que le habría dedicado en otras circunstancias. Una lástima, pues, más allá de la obra de Ines Doujak, se encuentra un contenido que el público puede usar incluso para cuestionarse su posición política y el porqué de ella.
Pero no todas las exposiciones tienen que girar entorno a temas universales o de actualidad. Suele pasar que, en las ciudades más pequeñas, los museos también se inclinan por una serie de temáticas más mundanas, basadas en la realidad local. Es el caso de A dalt i a baix. Les cases de cós i els hipogeus a Mataró, tan pequeña y bonita como fugaz. ¿Cuánto duró? ¿Dos semanas? ¿Tres? No llevé la cuenta, pero, si hubiera dejado de respirar durante los días que estuvo abierta, aún viviría.
Giraba alrededor de dos iconos urbanísticos de Mataró: las cases de cós, unos edificios de diseño muy determinado, y los hipogeus, caminos subterráneos con los que uno podría encontrarse si empezara a cavar en el centro de la ciudad.
No me supone ningún problema decirlo, aunque parezca que sea alguien sin criterio: siempre que visito una exposición, acierto. Creo que nunca he visitado un museo o galería del que no saliese satisfecho. Como sucede con ciertos libros, si uno conoce el territorio del que la obra trata y se deja llevar por sus mecanismos, la experiencia de espectador se vuelve algo maravilloso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario