(Diario de adolescencia) Prólogo



Aunque no recuerdo el motivo por el que empecé a escribir, me atrevería a decir por qué lo sigo haciendo hoy en día: porque quiero perseverar en la observación y en la creación. He sentido la necesidad de escribir sobre lo que iba viendo mientras andaba por el mundo y, de esa necesidad, ha surgido otra: la de perfeccionar mi creatividad literaria de la única manera que veía posible ―es decir, con la constancia de la escritura diaria y, ciertamente, un poco automática.

Durante los siglos XIX y XX, surgieron artistas interesados en llevar a cabo una obra de arte total. Una obra de arte que comprendiera música, pintura, poesía, artes decorativas, etc. Lo querían todo. Simpatizo y comparto su voluntad de fundir el arte con la vida. Un artesano no es un artista, pero un artista debe ser por lo menos un poco artesano; lo que diferencia el uno del otro es que el artista no solo domina la técnica de su arte, sino que también entiende sus implicaciones estéticas y éticas. En el punto en que coincide la obra con la vida, encontramos al artista. Con todo esto no quiero decir que mi intención sea la de crear una obra de arte total; sé dos o tres cosas tan solo de un medio expresivo: la palabra. Lo que pretendo es hacer una obra completa; una obra que sea como un cuerpo; una obra con sus concomitancias, metáforas, repeticiones, contradicciones, correcciones. Pienso cada obra, cada frase, en función de una obra mayor que, a ratos, me hace compañía y, a ratos, me parece que hace de esta vida algo ameno y lleno de sentido.

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