(Diario de adolescencia) Primero de mayo de 2015



El festival de cine de autor de Barcelona llevaba estando presente en mi cabeza desde el año pasado, cuando solo llegué a tiempo de ver una proyección. Este año, no obstante, poco ha cambiado. Esta tarde he ido a ver una película italiana, La sapienza, con mi padre, y ya no planeo volver a ir. Ha sido mi única asistencia.
Su oferta no podía ser más interesante. Una programación trufada de títulos que me apetecía ver. Ha sido más bien mi propio apuro, la vergüenza que me da que mis padres asuman tantos gastos, lo que me ha tirado hacia atrás frente la posibilidad de ver otras películas.
Que haya ido con mi padre es un hecho verdaderamente inusual. No hará más de un año de esa época en la que me ponía rojo al salir a la calle con él y mi madre. Todavía no acabo de entender qué tipo de irracionalidad me llevaba a sentir ese agobio. Puede que fuese porque temía que mis padres vieran a alguien burlándose de mí por mis pintas y se dieran cuenta de que su hijo era un marginado. Pasó en una ocasión: eran las seis de la mañana, íbamos hacia la estación de tren para salir temprano de Mataró y nos topamos con un grupo de borrachos. Uno de ellos se rio de mí. Al verlo, mi madre hizo un gesto ofendido y siguió caminando. No dejé de pensar en ese inoportuno encuentro en todo el día. Me fastidió el trayecto de ida y vuelta a Reus y la estancia allí incluso. Pero, ahora que le doy vueltas al asunto, me fijo en que quizá fue entonces cuando cobré la valentía que necesitaba para salir a la calle sintiéndome seguro. En esa etapa que había pasado maquillándome, toda mi fortaleza se había roto. Ahora, la he recuperado, ¿pero a costa de qué? ¿Puedo considerar que estoy siendo yo mismo, o solo tengo las apariencias que debería tener para pasar desapercibido? Nunca sabré qué habría pasado si hubiera seguido mi transformación en una especie de mujer-hombre.

Esta noche, iré por primera vez a Cocoa, esa dichosa discoteca. Solo quiero curiosear, meter la nariz por allí y beber un poco. Pensaba que tendría que esperar hasta los diecisiete años para que alguien me invitara, y, hoy, como quien no quiere la cosa, ha surgido la ocasión. No me lo he pensado dos veces. Tampoco llevo ninguna clase de expectativas. Tengo claro que no habrá una segunda vez.

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