(Diario de adolescencia) 9 de septiembre de 2013



Quisiera ser más cercano a quienes me admiran, pero parece ser que ni yo mismo puedo destruir el muro que cierto día interpuse entre ellos y yo, la figura de un catalán amante de la poesía parnasiana que vive aislado de sus contemporáneos.

Lo único que busco es ser el blanco de una moda que dure todo el primer trago del siglo y que mi futura fundación se encargue de seguir difundiendo mi obra una vez yo no esté aquí.

En cuando empiece este próximo curso, escribiré una página a diario en esta libreta. Estoy harto del cansancio que llevo a rastras durante todo el verano, es el momento de empezar a trabajar. Si quiero llegar aún más lejos que mis ídolos, debería ponerme en marcha inmediatamente. Medios no me faltan.
A partir de ahora escribiré más ficción. Me he cansado de los artículos: la mayoría de veces en que los escribo la cosa acaba complicándose y se me hace muy pesado seguirlos. ¿A quién voy a engañar? De vez en cuando tengo mis ideas, pero no soy ningún filósofo o ensayista, solo un pobre aspirante a escritor.
Tal vez vuelva a subir a mi blog los microcuentos que en su día suprimí; tampoco estaban tan mal y, cuando lo pienso, este complejo de escritor ante la brevedad y poco esfuerzo puesto en sus textos es de lo más estúpido.


Podría decirse que he cumplido con lo prometido. Hoy, en lugar de publicar solo uno o dos tuits, he escrito cinco, en los que se reflejaba este dolor de cabeza que lleva aporreándome la frente todo el día.

Por la tarde las caderas han empezado a dolerme como nunca antes lo habían hecho. Desde que empecé a pedalear durante cuarenta minutos diarios con la bicicleta estática que compré el año pasado, me siento más cansado que de costumbre. Sigo sin conseguir escribir una buena página. Espero que este proyecto que he emprendido con Alicia me devuelva mis ánimos y esperanzas en mi propia obra. Un quinceañero no debería hablar así, diría mi madre, la Eterna Preocupación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario