(Diario de adolescencia) Miércoles de agosto de 2013



Salí de la casa de mis padres aseado y preparado para afrontar una nueva mañana de verano, por más que me doliera hacerlo. Iba a encontrarme con Sabina, la joven de mi misma edad que conocí años atrás y con la que me había citado para explicarle el proyecto en el que nos íbamos a meter juntos. Me gusta reunirme con mis colegas pronto, para que así no haya la posibilidad de tropezarme con la mierda que corre por el suelo asfaltado de la ciudad y el polvo de media mañana que barre las calles, provocando alergias, pero sobre todo, sí, por la primera razón, esa es la principal.
Decidí no tomar el camino más corto, ya que iba sobrado de tiempo, como no suele pasarme, y crucé por la avenida principal de este gran pueblo y, a la vez, insignificante ciudad en la que me veo obligado a vivir, no por gusto, pues odio el estilo de vida íntimo que se lleva en un lugar tan pequeño. Creo que con solo echarme una ojeada de arriba abajo es algo que puede deducirse. Yo soy un chico de capital, un muchacho digno de París, la Ciudad Condal y Londres.
Bajé con tranquilidad y pasos de vals. Cuando casi había llegado a la desembocadura de la calle me topé con un puesto de cuadros que nunca antes había visto. Lo cierto es que se salía de la normalidad, ya que, menos cuando se organizaban ferias, nadie solía exponer allí.
Empecé a examinar obra por obra todas las que había. Supuse que la mujer que los estaba vendiendo era la misma pintora. Ella llevaba una boina francesa y una camisa a cuadros gris, como si ser más bohemia fuera imposible. Por otro lado, la redondez de su cara y los michelines que le sobresalían le conferían una apariencia un tanto… ridícula, en lo que cabe. No era una de esas gordas que saben lucir, ni que conocen las prendas que les sientan bien, no, no, parecía una desvergonzada a la que las opiniones ajenas ni le van ni les vienen, y eso se reflejaba en su rostro, embobado.
La última de las obras expuestas me impresionó. En esta podía verse, delante de un degradado del negro al gris, un hombre de cuerpo anémico que con una perfecta expresión gritaba como preso en una celda, encerrado por haberse atrevido a hablar. Las pinceladas dadas eran exactas, no revelaban el miedo al lienzo que algunos artistas sienten, eran seguras y decididas, ella sabía lo que debía retratar y no iba a andarse con rodeos.
Le pregunté el precio, sacándola de su ensimismamiento. No estaba tirado, pero sentí la necesidad de comprarlo. Justamente en el momento en el que fui a sacar de mi bolsillo la billetera me di cuenta de que, tal vez, la belleza de ese óleo estaba en que nunca más volvería a verlo, pero siempre me quedaría el borroso y lejano recuerdo de la obra sublime que una vez ignoré. A continuación, guardé la cartera y seguí caminando. Confieso que iba a llegar tarde.

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