(Diario de adolescencia) Jueves, agosto, dos mil trece



Ayer por la tarde, volviendo de un restaurante en que había almorzado con unos familiares, me fijé en un hombre que bajaba por la misma calle que yo estaba subiendo. Era un viejo bastante peculiar, llamativo por lo desaliñado que iba. Llevaba una camisa blanca por fuera de los pantalones, plagada de manchas y con algunos agujeros por las mangas, aunque lo que más me impresionara fueran las zapatillas que llevaba puestas, sucias y repugnantes; parecía que alguien las hubiera mordido y luego escupido dentro de un armario, de donde las había recogido. No era la primera vez que me lo encontraba; en otras ocasiones lo había visto salir de su casa, con la que iba a conjunto, tan fea, antigua y repugnante.
Tras fijarme detenidamente en él me asustó la idea de que algún día pudiese terminar en ese mismo estado: viviendo solo, abandonado, comiendo migas de pan y saliendo por las mañanas con una cantimplora bajo el brazo para ir a buscar agua en la fuente más cercana (naturalmente, son mis suposiciones).
¿Qué podía tener él que yo no tuviera? Quizás su infancia había sido de lo más parecida a la mía, y su adultez, y su juventud, tal vez era una réplica exacta de mí. Una vida corriente, transcurrida con la mayor normalidad, pero que se había visto alterada en el último trecho por la muerte de una hermana o esposa, o por tal enfermedad mental que le había vuelto loco. No creo que haya tanta diferencia entre ese anciano y yo, tampoco entre él y tú, lector, ni entre tú y yo.

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