(Diario de adolescencia) 8 de marzo de 2015



Debe de hacer cuatro o cinco años ya. Conocí a Marc en invierno, y, aunque nos vimos en persona dos veces, la conversación fue más bien mínima y fácilmente nos olvidamos. Yo le fui siguiendo la pista y descubrí que, habiendo dado sus primeros pasos en ese momento, rápidamente cambió y empezó a dar zancadas con las que conseguía pequeños logros. Sumados pasos y zancadas, lo convertían en uno de los creadores más activos de la generación de mediados de los noventa de Mataró.
Marc ilustraba, actuaba y también cantaba. No volvimos a vernos hasta ayer mismo, cuando lo invité a él y a Bru, un amigo suyo, a un recital de poesía en Dòria Llibres. Como que cuando llegamos el local estaba lleno y al lado de la puerta no se escuchaba absolutamente nada, nos fuimos. Al salir a la calle, me di cuenta que, al lado de Marc y Bru, había dos chicas a las que habían invitado ellos. Una estudiaba algunas filologías y creo que la otra era más bien de Bellas Artes.
Fuimos al estudio que tienen de alquiler en la misma calle, el Carrer d’en Pujol, y estuvimos charlando un rato. Aunque no tengo ningún reparo en hablar con extraños e interesarme por ellos, me sentía algo desubicado; aunque no me dijeron sus edades, deduje que todos rondaban los veinte ―menos Marc, que tenía un solo año más que yo.
Fuimos al bar El Pati, en Carrer Barcelona, donde todos tomaron unas copas de vino y yo me pedí un café con leche. Eran más o menos las nueve y ellos ya andaban tramando qué harían esa noche. Cuando la camarera trajo lo que habíamos pedido, Bru propuso un brindis. Yo, sin embargo, dejé que mi taza siguiera humeando sobre la mesa. Y cuando se dirigió hacia mí diciendo «¡chin chin!», yo respondí: «La tassa no arriba.» Luego reí. Bajó la mirada, pero podía notar su irritación porque hubiera sido tan maleducado. Cuando me enfrento a un ambiente nuevo, suelo responder a este o bien con imperativos (dejo de pedirlo todo con modales e, inexplicablemente, me veo forzado a usar imperativos) o bien con una hostilidad que no acaba de funcionar con mi verdadera forma de ser.
Horas más tarde, cuando ya me encontraba en casa y ellos se habían ido a Clap a disfrutar del resto de la noche, me frustré pensando en otras formas que podría haber contestado a ese brindis; más amables, carismáticas, como «La cerámica de la taza no llega al nivel del cristal de vuestras copas, no querría desgarraros el momento.» Tampoco creo que les hubiera hecho demasiada gracia, pero, por lo menos, me habrían entendido.
Vinieron tres chicas más y un muchacho que se me presentó diciendo que era hermano de mi amiga Alma, a quien hacía años que no veía. Me sentía dentro de un nuevo círculo, uno más atrayente del que podría encontrar en mi colegio marista, de características tirando a artísticas. No sé decir a ciencia cierta si les gusté, pero seguramente se llevaron de mí la impresión más superficial: mi postura recta, casi de rigor mortis (no conozco otra manera posible «de estar», no puedo relajar mis músculos) y mis declaraciones sobre lo buena que es la disciplina.
Probablemente no vuelvan a contactar conmigo, aunque no hay ninguna duda de que, si pudiera, me mezclaría con ellos y los invitaría a todos esos sitios a los que ahora voy solo; incluso a mi habitación, donde escribo esto.

A las ocho de la tarde
Otros escritores servirían para explicar cómo me siento, mas yo no puedo, o más bien me he empeñado tanto en que no podía que, ahora, de intentarlo, fracasaría. Es como una tendencia que no puedo evitar por más que lo intente, una inclinación que tiene mi carácter a siempre regresar a la falta de naturalidad. Cuando creía que esa ya era una batalla ganada y que nadie me arrebataría, he caído en la cuenta que sigo siendo el mismo farsante de hace mucho tiempo, una parodia del que sería yo mismo si consiguiera ser yo mismo.
Nadie me ha hablado nunca de lo difícil que es conquistarse a uno mismo, y, por eso, me niego, de alguna manera, que sea así. Primero he admirado a alguien y luego lo he imitado. En ese proceso tan lineal ha consistido mi entera adolescencia. Por ese motivo, cuando miro hacia el pasado, más que verme a mí mismo, veo retratos de Baudelaire, Dalí, Simone de Beauvoir… Veo muchos nombres, pero entre ellos no figura el mío.
En el caso de ahora, no identifico a nadie a quien pretenda imitar. Eso me lleva a la conclusión de que, si más no, este es un nuevo tipo de tristeza, y que, de no ser peor que la anterior, pasa a ser más desconocida. Precisamente eso la convierte en algo tan horrible.

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