(Diario de adolescencia) 5 de enero de 2014



Hoy he vuelto a Gerona, la ciudad de la que llevo años enamorado. En invierno la veo diferente que en otoño, más gris y triste, y, por lo tanto, más bonita. Me gusta pasear por las calles céntricas, aunque los alrededores también tengan sus escondites llenos de encanto, como, por ejemplo, un parque lleno de sauces llorones o árboles muy parecidos (no soy nada bueno identificando plantas ni animales).
He tenido tiempo para pensar en la cuestión de abandonar las redes sociales por un tiempo. Es una decisión que he ido aplazando por distintas razones y que va siendo hora de afrontar. Por más que ignoro las críticas negativas, me es inevitable que, poco a poco, vayan rasgando la corteza de mi autoestima. Treinta días de descanso, un mes para huir de la realidad virtual. Seguiré pensando en ello. El segundo trimestre sería el momento ideal para hacerlo.
He conseguido escaparme de la ciudad antes de que empezase a llenarse de familias yendo a la cabalgata. Lo único que me gustaba de eso, de pequeño, era el rey Melchor; todo lo demás estaba de sobra. Verme rodeado por tanto crío ya entonces me molestaba. ¿Qué problema debo tener con los niños? Que en realidad no son tan inocentes como intentan parecer. Los veo malvados, como diablos en miniatura.
De vuelta a Mataró, he visto Laberinto de pasiones, de Almodóvar. Una de las cosas que más me gustan de este director es que, pese al paso de los años, sus películas, a día de hoy, pueden ser tomadas aún por transgresoras y extrañas. Me he fijado en lo complicados que son los protagonistas, son… muy dadaístas, diría. Parece que haya cogido una lista de adjetivos, los haya recortado y, tras removerlos en una caja, haya dado tres o cuatro a cada uno.

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