(Diario de adolescencia) 3 de noviembre de 2013



Ayer, en Gerona, mis padres compraron un maldito reloj de pared que suena cada cuarto de hora. Lo peor son las doce, cuando suenan doce estridentes y molestas campanadas. No le diré nada a mi padre, no por ahora.
He estado trabajando en tres páginas de mi nuevo relato. Creo que estoy haciendo algo bueno al crear tramas más lentas. El formato de diario que le estoy dando lo favorece. Quizás, a partir de ahora, escriba mis relatos largos así o me meta en el género epistolario, del que tan cerca se encuentra este.
Demasiadas cosas por hacer y poco tiempo. Oh, el reloj ya vuelve a sonar. Este diario es el mayor testigo de mi evolución como escritor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario