(Diario de adolescencia) 3 de mayo de 2015



Ayer, al mediodía, fui a visitar la Casa Coll i Regàs, pero me olvidé de escribir sobre ello. Una vez al mes, la abren al público; sentía mucha curiosidad. Creo que volveré la próxima ocasión que pueda. Si la fachada ya me lleva dejando asombrado desde que era un niño, ahora, de adolescente, los interiores también lo han hecho. Aunque mi padre asegura que yo ya estuve allí en mi infancia. Ni los recuerdo ni me lo creo; un lugar así no se olvida con facilidad.
A veces tenía que apartar la audioguía de mi oído mientras visitaba el sitio. La fuerza de toda esa poesía era demasiado para mí. La voz femenina que contaba la historia del edificio a través del aparato pasaba de interesarme a importarme un comino.

Mañana de domingo. Qué alivio se me hace oírlo, leer estas palabras. A las nueve y media, he ido a la cafetería Nambu Tekki y he pedido un café de la casa con leche. Para llevar, por favor. Y me he paseado, dando un rodeo por las calles que quedan a un lado y a otro de la mía.
Se trata de un café delicioso. Tan delicioso que, al terminarlo, por más que tuviera hambre, me he negado a comer nada intenso con tal de no sacarme el sabor hirviente de la lengua. Además, cuando he destapado la taza de plástico, una bocanada de humo me ha plantado una bofetada. Olía a algo tostado, a leche que no es semidesnatada ―como siempre la tomo— e igualmente rica. He relamido los bordes de la taza. La espuma se me ha quedado en los labios. Un poco grosero, pero no hay modales para lo que es tan bueno.

Cuanto más modesto intento volverme, más me cuesta escribir sobre mí mismo en este diario. Es complicado encontrar un equilibrio cuando la principal finalidad que este cuaderno iba a tener era la de organizar mis propias ideas y buscar el sentido a mi historia. No creo que sea completamente consciente de lo que soy, lo que me gustaría ser y lo que he dejado de ser hasta que no he escrito sobre ello aquí.

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