(Diario de adolescencia) 3 de marzo de 2014



He fracasado con mi primera tortilla a la francesa. No sabía cómo girarla, así que la he levantado de la sartén y ha volado por los aires. Ha aterrizado sobre uno de los fogones, así que me ha sido imposible recuperarla. El trozo que había quedado en la sartén me lo he comido con un pedacito de queso, ya que no soy muy de tortilla chamuscada.
Recuerdo que, de pequeño, uno de los primeros «sueños» que tuve fue el de ser chef. No cocinero, no… ¡chef! La palabra sonaba bien y esos sombreros como de nata montada que llevaban en las películas me parecían geniales. Ni siquiera sabía lo básico de cocina, ni siquiera sabía definir la misma palabra, pero yo quería ser chef. Supongo que en este tipo de cosas siempre he sido igual. Necesito saber que hay algo allí, tener la certeza de que hay algo a lo que me pueda dedicar, algo por lo que vivir. Si yo mismo doy el sentido a mi vida, mi vida es la escritura, mi vida es el arte y mi vida es todo aquello que hago con interés. Por ejemplo, mi vida no son las matemáticas, pero sí que lo es pasar una tarde en compañía de unos pocos en alguna cafetería barcelonesa.

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