(Diario de adolescencia) 28 de mayo de 2015



Me acostaré, como ya llevo haciendo desde que empecé el año, pensando que el día de mañana será mucho más productivo que el que ya termina. Será porque en septiembre pasado me sentía en un estado tan vital que ya me cuesta superar, pero, últimamente, no veo que nada de lo que hago tenga calidad ni utilidad.
Veo otros chicos de mi edad que, con naturalidad, demuestran sus talentos. ¿Tendré algún talento? Parece que mi talento sea ese: ser consciente de mis carencias.

Creo que ahora, después de que hayan pasado dieciocho días de que cumpliera diecisiete años, empiezo a comprender dónde empieza mi libertad. Si no me equivoco, tiene que ver con el día en el que dejo de ver en el resto del mundo un patrón a seguir. Y es que en mis años de adolescencia he pasado de admirar personas concretas (Dalí, Baudelaire... intentaba imitarlos como un bobo) a admirar a todo el mundo. Mientras todas aquellas personas que he conocido saben de qué va la vida y cómo tiene que vivirse, yo voy dando giros en círculo. Parece que crezca, pero el «¿estaré en un gran error?» que me repetía cuando tenía trece años sigue allí.
Este pensamiento va de la mano de la fascinación que siento hasta por los desconocidos... sobre todo ellos. No puedo salir a la calle y dejar que los transeúntes pasen a mi lado sin que los mire a la cara. Las veces que lo he hecho es porque, considerándolo un mal, trataba de solucionarlo.
En fin, será el día en que deje de juzgar a quien está a mi alrededor y empiece a mirarme a mí mismo cuando recuperaré la libertad con la que nací. Hablaré sin ningún miedo, lo que será lo mismo que he hecho hasta ahora con la escritura, pero con mi voz.

Hablo con un chico que no conozco. Chateo con él, tampoco decimos grandes cosas. Ha estudiado Historia y está preparando su doctorado. Se llama Oriol, y me quedan pocas dudas de que, si me viera forzado a amar, sería a él a quien lo haría. Pero no hay ninguna ley que hable del deber de amar. Por ahora, seguiré centrado en mis estudios y la literatura. Tanto en lo uno como en el otro, los esfuerzos obtienen su recompensa. En el amor, los caprichos y variables nunca se acaban.

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