(Diario de adolescencia) 28 de abril de 2015



Esta tarde, había ido a una conferencia en Barcelona. De vuelta a Mataró, me he topado, en el autobús, con un chico —R., dos años mayor que yo— con el que estuve tonteando en tercer curso de secundaria y que, como me solía pasar en aquel entonces, cuando encontró un chico guapo, se esfumó de mi vida. No lo había visto casi nunca en persona, más que en un desfile de moda este mismo febrero y alguna vez por el centro. No me ha dolido, pero me ha devuelto el terrible recuerdo de un tiempo en que me imaginaba que, con diecisiete años, ya habría encontrado mi amor correspondido. No puedo culpar a los hombres por no amarme, ya que fue un poco más tarde de mi distanciamiento de R. que decidí, a su vez, distanciarme del amor y de la amistad. De lo primero, lo hice inmediatamente. De la amistad, no ha sido hasta este mismo curso que, al ver que casi todas mis amigas más íntimas se habían ido a otros colegios, no tenía con quien compartir mis preocupaciones.
Y todos sabemos que la amistad consiste, esencialmente, en ese contrabando de lo que doy de mi interior al otro y lo que el otro me da a mí. De grandes amistades, este curso no he hecho ninguna, más allá de conocer a fondo a alguien que ya tenía presente en el pasado.
Digo esto a algo más de cinco semanas de acabar el tercer y último trimestre. Mis vínculos con el colegio en el que crecí, Maristes Valldemia, por la borda. Todo intento de reconciliarme con él sería inútil. Solo me queda pensar en segundo de bachillerato. Me he inscrito en un colegio jesuita que está muy cerca de la parada del autobús que llega a Barcelona desde Mataró. No conozco nadie de allí. Una muchacha de la que no llegué a saber el nombre me lo había recomendado.

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