(Diario de adolescencia) 26 de mayo de 2015



No hay derecho: uno es joven, vive, estudia, ríe (pero poco), admira a muchos... Y no es hasta pasados los cincuenta años que aprende a hablar con la precisión y sabiduría que caracteriza a los maestros, como Jordi Llovet. ¿Él mismo podría confirmármelo? ¿Llovet nos podría hablar sobre ese paso, esa degradación de la juventud al conocimiento? Para cuando se llega a ese momento, el físico ya es pésimo y todo cuesta más. Si consiguiéramos aunar la vitalidad de los jóvenes con la madurez de hombres como él, encontraríamos la solución a tantas incógnitas...
Esta tarde, antes de empezar la conferencia, Jordi Llovet ha presentado al poniente y, mientras hablaba, me echaba alguna mirada. Ya sabía que algo tenía que ocurrir: su atención sobre mí le delataba. Y ha sido entonces cuando se ha dirigido a mí como el único joven de la sala, y, vaya, de algún modo me ha halagado, pero no podría reproducir las palabras exactas aquí. Tan solo decir que, en ese momento, en mi alrededor más cercano, todas las sillas estaban vacías. Los asistentes que tenía más cerca estaban a una silla de distancia. Siempre marcando las distancias. Y muchos han sonreído: no lo he visto porque estaba en segunda fila pero notaba sus ojos en mi nuca.
Y nada. La conferencia, bien. Pero con lo que me quedaré será con Jordi Llovet, ya jubilado, y lo mucho que me habría gustado ser su alumno.

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