(Diario de adolescencia) 26 de junio de 2013



No deseo ni puedo negarlo, sentí una lástima infinita por esa criatura que, tiempo atrás, me había despertado un interés vivo, tanto por su estilo (siempre a la moda) como por su actitud carismática hasta la médula. Intenté sonreír, aunque no sé si percibió mi descorazonamiento a través de mi mirada o no.
Su cuerpo también parecía afectado por la enfermedad, más rechoncho que de costumbre, además de que ese vestido claro tan ceñido aún le daba un aire más patético, en su desequilibrado andar.
Contrastando con ese sentimiento tan humano, había la actitud que adopté durante el funeral del padre de un compañero de clase mío, el sábado anterior. Asistí, en principio, porque quería entretenerme un rato mientras esperaba a que llegara la hora del concierto de piano que ofrecía una amiga en un local cercano.
En medio de la misa, en el interior de la capilla del tanatorio, me entraron unas risas irrefrenables al identificar al portador del féretro: era el hombre que había conocido en un viaje a Turquía en dos mil diez y que me comentó que trabajaba como maquillador de muertos.
Era una situación cómica, si más no, pero tuve que controlarme, ya que mi profesora de Lengua se hallaba detrás de mí y no podía permitirme una mala impresión (aunque con el docente de Tecnología las cosas habrían sido distintas, no es necesario afirmarlo).
Cuando el acto se hubo terminado y los presentes empezaron a dispersarse, yo me quedé conversando con la muchacha que me había acompañado. Le expresé lo patética que me había parecido la celebración y ella respondió con una desdeñosa mueca, asestada como si fuera dirigida a un monstruo incapaz de amar. No la culpé, algunos humanos no entienden que la vida y la muerte son temas que deben tocarse con frivolidad. Algún día confesaré en un tratado las razones que me conducen a creerlo así.
Probablemente me sentiré más triste cuando mi gata muera que en aquel funeral ajeno a mí. Sí, es bastante razonable. Y quien quiera pensar en mí como en una criatura despreciable, yo no le privaré de tal placer; a mí también me gusta odiar de vez en cuando.

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