(Diario de adolescencia) 25 de enero de 2015



Algunas mañanas, el café me sabe a aceite y poco más. Tal vez aceite y madera de roble. Hoy era una de esas mañanas, pero he suavizado el fiasco del café con una buena revista. Ayer, paseando por Cabrera, encontré el último número de Cuadernos de cine. Es alucinante que no haya manera de encontrar esta revista en Mataró y que, en cambio, en un pueblo de los alrededores, lo tengan expuesto en un quisco cualquiera.
El desayuno con el que he acompañado el café ―un bocadillo de pan de nueces con queso― me ha dejado vacío. Por ese motivo, cada media hora voy a picar alguna pieza de fruta. Y, aun así, sigo sintiéndome como si no tuviera nada en el estómago. Creo que solo cuando estoy en Dosrius o de viaje dejo de tener hambre.

Pelucas, el genial invento que se perdió en una sociedad demasiado sucia para cuidar de ellas. Todos deberíamos aprender de los travestís.
Que las obras de Andy Warhol estén más cotizadas que las de Salvador Dalí demuestra lo injusto que puede ser el destino y el azar.
Siento no ser como creías que era, nadie me paga por interpretar un papel, por lo que yo elijo a quién imito y cómo actúo.
Oh, por favor, tampoco creas que soy un demente. Es la pega del pensar demasiado: que las conclusiones sacadas suelen ser horrorosas.
A fin de cuentas, los humanos somos modestos por naturaleza y el egocentrismo es una enfermedad de alma que se transmite hablando.
Les gusta criticar, pero, hasta el momento, no he visto que ninguno de ellos haya hecho nada mejor.
Los actuales amantes de lo vintage son los coleccionistas de arte y antigüedades del mañana.
El cuerno del toro clavándose en el culo del taurino. El animal tomándose la venganza que merece su asesinada familia.
Si abres la boca, debes estar dispuesto a que te rompan los dientes.
Un artista que pinte sin esfuerzo es como un chef que se baste con un microondas, ¿van a negármelo? Hay mucha mierda en el arte.

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