(Diario de adolescencia) 23 de noviembre de 2013



Esta ha sido una semana cargada de dolores. El hecho de reír ―o simplemente sonreír― implicaba el sufrimiento. Cuando lo hacía, la piel se me arrugaba y cuarteaba; se me abrían brechas de sangre por todo el lado inferior de mi cara.
He decidido abandonar este tratamiento. Nadie me avisó de los horrores que me esperaban si lo seguía. He pedido cita urgente el lunes con mi dermatólogo: necesito soluciones, una segunda opción, el camino que no implique volver a tomar esas malditas pastillas de plástico.
Pese a ello, mis costumbres no cambian. La bañera se está llenando de agua y, en dos minutos, iré a relajarme durante dos horas, como hago casi todas las mañanas de sábado.
La adolescencia se ha cebado conmigo. Recuerdo que, cuando tenía once o doce años, me decía: «Intentaré que la adolescencia se me haga lo más discreta posible. La camuflaré para no notarla.» Sin embargo, he faltado a mi palabra. Entre enamoramientos al principio y miles de tratamientos más tarde, he acabado siendo, no un adolescente, sino el adolescente atormentado por excelencia.
Parece que la preocupación por ser visto como un genio se va deshaciendo en mi cabeza. No necesito ser una réplica de aquellos artistas tan inhumanos y únicos; siendo como crea que soy ya puedo darme por satisfecho… ¿no?

En mi Facebook, tengo agregadas a tres clases de personas: mis compañeros del colegio, los literatos de Barcelona y Madrid, y los travestis, andróginos y drag queens de Australia, Inglaterra y Nueva York. No podría sentirme más en mi salsa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario