(Diario de adolescencia) 23 de agosto de 2014. Tres de la tarde





Cuando me di cuenta de que lo que decía no le interesaba a todo el mundo, llegué a una especie de punto de inflexión. Fue entonces cuando vi que tenía que volverme alguien más modesto y humilde. De no hacerlo, acabaría convirtiéndome en uno de esos ogros egocéntricos a los que todos aburren.

Hay días en que lo último que me apetece es escribir. Grave error, sí. Tendré que ponerme algo como una disciplina, obligarme a escribir un poco cada día, ni que sea escritura automática. Si quiero llegar a dedicarme a la literatura de forma profesional, no puedo seguir con esta pereza tan jodida. Y lo peor es que me equivoco al llamarla «pereza», porque en realidad no acaba de ser eso. Es que sé que todo lo que podría escribir sería malo y acabaría en la papelera.

Escribir sobre mí mismo, hoy por hoy, sería una gran estupidez. Pese que me esfuerce por quitarles hasta la última gota de jugo a las experiencias y anécdotas que cuento, siguen siendo sosas.
Me falta talento, humor y edad. Lo primero y lo segundo me deberían haber venido de fábrica y, al final, nada. Lo tercero, es cuestión de tiempo. Voy a esperar. Se me da bien ser paciente.

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