(Diario de adolescencia) 23 de abril de 2015





Lo más cerca que estoy de convertirme en el amo de la humanidad es cuando abro la ventana de mi cuarto y me encuentro con la fachada de mi vecina de enfrente. Si bajo la mirada, veo la acera que tiene delante. Es entonces que me siento como si fuera una especie de dios: veo a la gente que pasea; algunos advierten que les estoy observando, y, sin embargo, no pueden hacer nada para evitarlo. Yo, si quiero, puedo llegar hasta donde ellos se encuentran. Ellos, por otro lado, no pueden entrar en la casa de mis padres. Esta ventana de cortinas blancas es como un gran altar que se abre cuando yo decido subir la persiana y desabrochar las contraventanas.
Esta tarde veo más necesario que nunca tener la ventana abierta. Si no respiro y oigo el ruido de los coches, me ahogo. Es el día de Sant Jordi, y, como es tradición, les he comprado rosas a las mujeres de mi vida. Dos señoras: mis abuelas.
También solía regalarle una a mi madre, pero este año no me ha apetecido. Si un regalo no se hace a gusto, es mejor olvidarlo.

Si tuvieran que ponerme un sobrenombre, creo que sería «el viejo de la generación de los noventa». No por mis gustos, sino por la que es —a veces— mi actitud. Mezclando introspección con el embotamiento por haber dormido cinco horas (esa es mi rutina), se me ve tan derrotado como se vería un hombre de ochenta años sin esperanzas. No debe de ser la imagen general que dé de mí mismo, ya que nadie me ha dicho nunca que esa fuera la impresión que tuviera de mí, pero es como me veo.

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