(Diario de adolescencia) 22 de mayo de 2015



Las noches de lluvia siempre son encantadoras. Hasta hablaría de un balanceo como con que se mece la cuna de un niño, al describirlas. Y todo se remonta a mi infancia: en ese entonces, un tiempo tormentoso me tranquilizaba, pues imaginaba que a los ladrones no se les ocurriría entrar en mi casa bajo las inconveniencias del clima.
Con la edad, he aprendido a amar la lluvia no tan solo por lo racional de ese argumento. También me atrae su efecto sobre la ciudad; los riachuelos que bajan por los lados de las calzadas, los árboles que son sacudidos y por poco echados por los suelos… Hay todo un ritual detrás de la lluvia, pero no es un ritual humano. De algún modo, es la misma tierra que nosotros hemos labrado y sobre la que hemos construido nuestra civilización la que, ahora, simple y clara, nos desafía. No hay protesta que valga en contra de un fenómeno, una catástrofe natural. Durante años hemos buscado una explicación compleja para todo aquello que estaba por encima de nosotros y, sin embargo, ahora miro el cielo y me pregunto si su azar no es más bien un absurdo. A más de uno le decepcionaría que así fuese. De la misma manera, algunos lectores parecen ofendidos cuando se enteran de que aquello que habían interpretado en un libro era algo de lo que su autor no era consciente. Como si lo que el escritor del libro dijese fuese lo que tuviera que guiar su lectura… No me canso de ver tipos que, como el hijo que busca la aprobación paterna con sus piruetas, tratan de acertar cuáles eran las intenciones del autor al escribir tal o cual cosa.

Hay una gran diferencia entre que un escritor invite o incite sus lectores a la reflexión. Cuando lo que se hace al escribir es recortar una tarjeta de invitación, el escritor tan solo está proponiendo, mostrando eso que llevará a quien lo lea más lejos de lo que se ve en su narración. El escritor que incita a la reflexión suele ser el propagandístico, pues no solo muestra un tema político, social o de lo que sea, sino que también aporta su punto de vista.

Por mi parte, creo que la primera opción es más fiel a la figura del escritor. Pide un papel más activo por parte del lector. Por lo tanto, también nos dice mucho de cuánta confianza pone cada escritor en la mirada crítica de quienes lo leen.

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