(Diario de adolescencia) 21 de febrero de 2015



Leyendo a Juan Marsé, me he dado cuenta de que esa envidia que sentía de pequeño cuando leía a grandes autores sigue muy viva en mí. Casi nada ha cambiado: Sigo teniendo el convencimiento de que mis narraciones quedan a años luz de aquellas de otros que leo. Compararme siempre fue mi error
Y ahora estoy en la cafetería de La Central, son las cuatro de la tarde y en media hora iré hacia los cines Girona, donde se están proyectando películas enmarcadas dentro del American Film Fest.
V
«Leo sus columnas en un diario francés», le dijo el lector. «Me interesan muchísimo sus ideas.» «Esas palabras no son mías.», respondió el articulista. El lector le miró atónito. Esperó a que le diera unas explicaciones. «Lo que hay en ese diario no son palabras mías. Yo escribo en catalán y me publica un diario de Madrid. Cada día, les envío a sus oficinas una nueva columna, donde la traducen y editan el día siguiente. Para la edición de Cataluña del diario, vuelven a traducirla al catalán y, para el diario francés en el que usted dice leerme, la traducen al francés. Para cuando mis columnas llegan a Marsella, el lenguaje ya ha dejado de ser mío. Lo único que tienen de mí es mi nombre y apellidos debajo del título.»
VI
Vicenç Villatoro decía en su conferencia en Ómnium que, antes de escribir una de sus novelas, tuvo que pasar por un mal trago: como director del diario Ara, le dieron la responsabilidad de seleccionar en una lista esas personas que creía que debían ser despedidas, ya que necesitaban recortar su plataforma de empleados. No obstante, llegado el momento de trasladar el conflicto a la narración, sustituyó el contexto por uno de tintes más dramáticos: al delegado de un gueto judío (él mismo era judío, elegido por nazis) se le pedía que hiciera una lista con esas personas del gueto que creía que tenían que ser llevadas a un campo de concentración: el mínimo de personas lo ponían ellos. Según él, aunque se cambien las circunstancias, el porqué de la novela sigue estando ahí, tan auténtico, como en su experiencia.
Por otro lado, vi en una entrevista a Jaume Cabré que comentaba que, al escribir, no pensaba en los temas que trataría, sino que ponía los personajes en medio de unas circunstancias y, partiendo de este punto, la acción empezaba.
Estas teorías, que parecerían antitéticas, me llevan a sentirme algo contrariado. ¿Debo optar por una de las dos? Si hasta ahora lo he aprendido todo de mis maestros y lo he seguido al pie de la letra como si sus consejos fueran recetas para un mal cocinero, este es uno de esos momentos en que tengo que decidirme por una de dos o varias opciones. Lo más correcto sería que buscara el camino a través de mí mismo, pero no puedo hacer como si antes que yo naciera no hubiera existido una teoría de la literatura. Al escribir historias, escribo la historia de la literatura.
VII
¿Qué es la estética? La defino como aquello que se percibe a través de los sentidos y que tiene cierta armonía, que es bella. Por lo que en la literatura no puede haber estética. Una estética literaria es imposible.
Los animales también pueden percibir la estética, aunque no la sepan identificar como tal. Un animal no conseguiría nunca percibir la estética de un texto literario, ya que la literatura misma se codifica con palabras, y estas no pueden ser valoradas por ellas mismas con un sentido estético.
VIII
Cuando una persona muere y queda en el recuerdo, deja de ser un personaje humano y se transforma en algo del mismo significado y razón de ser que, por ejemplo, un personaje de ficción o un personaje histórico. Con el tiempo, pierde su forma física y pasa a existir en el recuerdo de esos que lo han conocido, al igual que viven en el recuerdo Sherlock Holmes, Frédéric Moureau, Hércules Poirot o Francisco Umbral.
Quizá ese sea el cielo del que algunas religiones hablan. Tal vez el cielo que tanto se ha buscado en las alturas, en realidad, está en nuestras mentes y comparte espacio con esos seres que nunca han pisado la misma realidad física que nosotros.
IX
Me he dado cuenta de la materia de la que están hechos los biógrafos: por un lado, deben de tener el gen de la obsesión. Que la persona de la que saquen una biografía sea la primera que visualizan al cerrar los ojos y sueñen al acostarse.
Por otro lado, tienen que conseguir la voluntad suficiente como para obsesionarse con el biografiado sin llegar a mitificarlo. Realmente, me encantaría dedicarme a la biografía.
X
Aunque en un principio estaba convencido que no podía ser, lo que leí que pensaba Abbas Kiarostami en un texto de la Filmoteca se va confirmando cada vez que le doy vueltas. Que la estética conduce a la ética, decía, más o menos.
Es cierto que el hábito no hace al monje, pero si recurrimos a la polisémica palabra «hábito» y decimos que el hábito no hace al monje, en cambio, quizá nos equivocamos. El hábito de vestir el hábito podría ser lo que hace al monje, al igual que acostumbrarme a no abrazar me ha convertido en una persona a la que molestan un poco los abrazos (cuando la realidad es que, de pequeño, me encantaban.)
Lo mismo sucede con la poesía. Si antes no entendía una mierda de los versos de algunos poetas como Mallarmé, a fuerza de leerlos con más incomprensión que gusto, he acabado teniendo la sensación que, si bien aún no los comprendo, estoy cerca de hacerlo.
El hábito no hace al monje, qué va. Pero se empieza por la estética para llegar a la ética, el hábito para llegar a la espiritualidad.
XI
El artista crea obras que cree ineludibles. No se da cuenta que, en realidad, son contingentes. Si lo supera, no vería razón para crear y abandonaría este mundo sin haber hecho nada. El artista prefiere el engaño.
O bien… El artista crea algo imprescindible. Sus obras no son necesarias a nivel individual. Es cuando se entiende la unidad de todo un montón de artistas con una relación entre ellos (generacional, temática, personal…) que uno se da cuenta de lo necesarios que son para el avance de la cultura y el arte.

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