(Diario de adolescencia) 20 de marzo de 2015



Ahora son las once y cuarto de la noche, pero esto de lo que voy a escribir ha pasado esta tarde alrededor de las siete y media. Era a esa hora a la que sabía que María Yuste, autora murciana, iba a presentar su libro Vida de provincias, acompañada por Luna Miguel. Era esta segunda la que, el día que nos topamos, me había invitado a ir.
Todavía estaba delante del Liceo cuando la aguja larga de mi reloj marcó que pasaban treinta minutos de las siete. Un chico al que había conocido por la red y con el que ya me había encontrado una vez, Oriol, tenía que llegar de un momento a otro. Y finalmente lo hizo. «Tenemos que aprender a coordinarnos mejor», le comenté, sonriendo. La primera vez que nos habíamos visto ya había tenido problemas para dar con él: mientras que yo creía que habíamos quedado delante de los cines Girona para ver una película, él se había pensado que la proyectaban en la Filmoteca.
De camino hacia la sala Miscelánea, donde presentaban el libro, le resumí en pocas palabras lo que era la alt lit. «Bueno, no sé si llamarlo movimiento, pero la cuestión es que los autores que se reúnen en ella ―caracterizados también por negar su pertenencia al grupo— no se caracterizan por unos rasgos retóricos de su escritura ni nada parecido. Lo que los une son unas circunstancias y el ideario común del siglo veintiuno: Internet, los mismos ídolos de juventud, cierta resignación, ironía…» Desde la entrada de la sala, ya oíamos el ruido que, al mismo tiempo que forma parte de la definición de los encuentros de la alt lit, fácilmente podría confundirse con el de un pub irlandés.
Subimos unas escaleras que llevaban al bar del segundo piso. Diría que se distinguía las voces de Luna y María, pero lo cierto es que sus voces eran de las más sosegadas y susurrantes de todo el lugar.
Lo que les distingue de ti
Ya no puedo por más tiempo
Pasar por delante de panaderías
Y no mirar hacia sus interiores
Para ver hombres amasando lo pastoso,
Echando harina sobre las mesas.
Babeo por los ojos
O es que se me llenan de luz
Al ver a quien trabaja:
¿Pero qué es trabajo?
La profesora de Economía lo tenía claro:
Voluntario, remunerado, subordinado, a cuenta
De otro. Entraba en el temario del segundo
Trimestre. Hace poco que se acabó.
También a ella, la maestra, por trabajar
La admiro y quiero llegar a ese mismo gesto
De la tiza atenazada por índice y pulgar.
Ah, sí, nada espero más que seguir
Apuntando, ahora en libretas y
Mañana en pizarras:
«Baudelaire, Rimbaud y Verlaine»,
«Mallarmé, Villiers de L’Isle-Adam…»
Simbolismo. Francia. Tomad apuntes.
«Voluntario, remunerado y subordinado»,
Mas, conmigo, es suficiente solo lo primero.
Eché un currículum al e-mail y lo mandé
A un museo que ni buscaba voluntarios.
«Pones cara de mala hostia», opinó, después, una
Voz sobre mi foto en aquel currículum.
El museo no dijo nada.
«No pintes la cosa, pinta su efecto.»
Mallarmé.
Así que pinté mi abatimiento con amarillos
De bombillas colgadas en techos
De panaderías con artesanos fornidos
Que preguntan: «¿qué quieres?»,
Y tú respondes: «Lo que te distingue de mí.»

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