(Diario de adolescencia) 2 de mayo de 2015



Diez de la mañana. Como siempre, me he despertado a las seis. Aunque, hoy, por haberme acostado a la una, he preferido dormitar hasta que han sido las siete.
Ayer por la noche, no entramos en Cocoa. Las chicas pueden pasar a partir de los dieciséis. Los chicos, de los diecisiete. Quedan solamente tres días para que cumpla esa edad.
Un compañero del colegio, P., iba a colarme, pero, cuando la cola empezaba a avanzar, se desentendió del problema y tuvimos que pensar en qué hacer antes de llegar a la entrada.
Una de las chicas con las que iba, M., vomitó. Antes de esperar en la cola, habíamos ido a un bar que hay al lado a tomar unos tequilas con kiwi. Esta chica, además, se había pedido un vodka con cola. P., quien también venía y había bebido un segundo cubata asimismo, se quejó de dolor de estómago.
Íbamos por la mitad de la cola cuando decidimos salir. M. se recuperó e intentamos colarnos, pero un guardia nos arrancó de nuestras posiciones como si fuésemos las hojas de una fresa.
Volveremos a intentarlo pronto. Del día cinco en adelante, me será posible entrar y pasaré de encontrar absurda esa norma de que las chicas entran desde los dieciséis y los chicos desde los diecisiete a ignorar que eso ocurra. Las discotecas son como un universo dentro de nuestro universo común: funcionan con sus propias leyes naturales.
¿Tener que volver a casa sin haber entrado en la discoteca? No me dolió en absoluto. Solo me había dejado llevar hasta allí por curiosidad, afán de ver qué era ese agujero en que la gente de mi edad caía cada fin de semana. Con el tiempo, salir de fiesta se me acabará haciendo insoportable. La molestia que me supone ahora debe de ir en aumento. Esa basura de música, las luces fantasiosas y la bebida… Todo parece propicio a que la gente que se mete en esos vertederos se pudra en ellos. Son, en su mayoría, estudiantes que, a la luz del día, podrían demostrar mucho de ellos mismos, pero el volumen de los altavoces les impide explicarse. Estando en el bar, antes de hacer cola, ya dudaba de que oyera mis propios pensamientos. No quiero ni pensar cómo habría sido estar dentro de la discoteca.

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