(Diario de adolescencia) 2 de marzo de 2015



Estoy en horas bajas de creatividad, estudio, concentración… Por más que trato de pensar, mi mente lo rechaza todo. Me siento cansado sin haber hecho nada, y eso todavía me vuelve más miserable, porque me da por pensar en los que sí han hecho, sí se han cansado y han conseguido resistir.
Lo que más necesito ahora mismo es un tiempo de vacaciones y nunca pensé que diría eso, porque, en realidad, siempre soy el primero en oponerme al descanso. Pero necesito ese tiempo, sí, para recordar mis referentes y volver a enamorarme de ello. Si ahora mismo me siento incapaz de hacer ciertas cosas, es, sin duda, porque los he olvidado a ellos y los valores que representaban para mí no hace tanto.
XII
Se suele hablar mal de los favoritismos. Lo entiendo, en principio. Quizá deberíamos diferenciar entre dos tipos de favoritismo. Soy tan de hacer tipologías que hasta encuentro cómo dividir las cosas en subgrupos con los asuntos menos importantes.
La cuestión es que deberíamos separar ese favoritismo que resulta de conocer con anterioridad a la persona con la que se tiene de ese favoritismo que «se gana», esa persona que se esfuerza por destacar en su trabajo. Hablo de trabajo, aunque esto se podría trasladar al colegio o donde fuera.
Primero hablaría de un favoritismo del «tener cariño»: lo definiríamos como aquel que se da cuando las dos personas (¿podría haber favoritismos que afectaran a más personas? Creo que no. El favoritismo va a por lo más básico de las relaciones sociales: la pareja.) viven en una complicidad basada en razones ajenas al trabajo. El conocerse como amigos, ser familiares…
El segundo favoritismo lo llamaría el favoritismo del «encariñarse», pues la persona superior se encariña con la persona subordinada en el momento que trabajan, y, por lo tanto, no tiene lazos previos. ¿Qué se le encuentra de malo? Es como una recompensa que, en lugar de darse en pasta, se da emocionalmente.
XIII
En el caso que la tarea del artista deba ser meter la teoría de su obra dentro de la propia obra, quizá me niegue a ser un artista. La obra no debería terminarse donde su autor pone el punto final. Creo que las obras deberían alargarse, no acabarse nunca. A través de entrevistas a los autores, críticas y análisis, cuando termino de leer un libro, complemento la opinión que me he formado de él (sin apropiarme de ideas ajenas, simplemente memorizándolas).
Y, en último lugar, no queda duda de que no es solo el artista quien debe aportar esa «teoría de la obra». Al lector se le exige ser una pieza activa en el proceso artístico, aunque a veces ni se dé cuenta.

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