(Diario de adolescencia) 2 de marzo de 2014



Mañana del día después de Carnaval. Momento de sacar conclusiones sobre la tarde y noche anteriores y relajarse con pequeños detalles: un mililitro de leche más en el café de las siete, una página más de El quadern gris de Josep Pla, treinta segundos más de ducha. Cosas insignificantes que escribo porque suenan bien y en realidad no cumplo. En la ducha paso el tiempo que paso, en el café cae la leche que cae y leo las páginas que tengo tiempo de leer. ¿Quito la magia al asunto? Sí, pero prefiero ser sincero. Mi domingo es más práctico que como lo cuento.
La tarde y la noche de ayer estuvieron bien. Las valoraciones que saco son más positivas que negativas. ¿Algo malo? Durante toda la tarde tuve metida en la cabeza una pequeña dosis de veneno, pero no veneno del serio, no… Veneno de pensamientos, pensamientos tóxicos, un poco deprimentes. La ciudad de Mataró no es fea, tiene sus encantos, pero no pertenezco a este lugar. Cierro los ojos y veo decenas de ciudades en las que gustaría estar; esas decenas se multiplican, a veces. En ocasiones concretas, que digamos.
Por la mañana, estuve rodando un corto con Florencia y Maria. Creo que el resultado va a gustarnos a todos, menos a los que no les gustará, ¿no? Lógico, pero destacable, porque nadie más lo destacaría. A las seis ya estaba con los pies baldados y la cabeza agotada de ideas, así que no pude disfrutar al cien por cien de lo que tenía a mi alrededor.
Un profesor dijo el otro día que los años del estudiante son los mejores de toda la vida, de todas las vidas. Si es así, definitivamente tendré motivos para ponerme triste. Igualmente, no creo que tenga razón. Hay demasiados proyectos, sueños y bobadas como para dejarlos correr y desperdiciar toda una vida encerrado en un solo mundo. Se debe huir para no malgastar los ochenta años que vamos a vivir (o setenta, o sesenta, o cien, o cuarenta, o diez… ¿Quién sabe?)

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