(Diario de adolescencia) 19 de octubre de 2013



Las siestas son lo peor de todo lo que se considera malo. Me acuesto en el sofá de flores agotado y, sin poderme resistir a los encantos del sueño, me duermo. Al levantarme ya no es mediodía, sino las cinco de la tarde. Mi estómago está podrido. Como si me hubiera comido el traje de un gato. No podría estar más mareado. Y así sucede siempre, el resultado de una siesta es el vómito que se nota, pero no se atreve a salir.
¿Cómo podía tener Salvador Dalí algo así como un hábito?

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