(Diario de adolescencia) 19 de febrero de 2015



Termino mi sesión de estudio a las once y media de la noche. A veces tengo la sensación de que el conocimiento se ha convertido en mi alternativa al sentir, un sustituto en forma de hojas de papel que memorizo escribiendo a mano en tantas otras hojas de papel.
No encuentro que sea poco humano por ello. Es más: pienso que ese miedo a sentir, que ya de por sí es un sentimiento, me hace más humano que aquellos que sienten de idéntico modo, todos iguales. Y lo más grave es que este hecho, en realidad, no es nada grave; ni estoy enfermo ni ido de la cabeza, es solo que, lentamente, voy quitando los sentimientos de mi vida y la ocupo con lo poco que me dan por hacer veinticuatro horas.

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