(Diario de adolescencia) 19 de enero de 2014



L. ha empezado a fumar marihuana. Qué estúpida es. B. la ha inducido; estoy seguro de ello. Tal vez ella la vea como su gran amiga, la persona en quien confiar, pero en realidad no es más que una maleducada que no acabará sus estudios y morirá siendo devorada por piojos. No sé cómo abrirle los ojos a L. Tampoco quiero meterme, pero ella es una chica demasiado manipulable como para moverse sola por los sitios.
Una vez termine este curso y se vaya a otro colegio, seguramente me olvidará. No creo que vaya a ayudarla. Yo confío en los amigos que encuentran problemas, no en los que se los buscan.

Una madre nunca querrá a sus hijos por igual, por hechos tan simples como que las experiencias que ha vivido con uno son diferentes a las que ha vivido con otro. Es imposible que una madre ame a sus hijos igual. Siempre habrá uno al que bese con más intensidad y otro al que hable con más agresividad.
Mientras escribo estas palabras, mi madre está en el umbral de mi habitación. Le voy leyendo lo que escribo a medida que trazo cada letra. Ella me dice: «Xavi, estás…», y se marcha. Las noches del domingo al lunes se hacen tan filosóficas porque no sé cómo tomármelas.

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