(Diario de adolescencia) 17 de mayo de 2015



Día de los museos en Barcelona. He salido pronto de Mataró, a las nueve, puesto que en casi todos abrían a las diez. Planeaba repartir mi tiempo entre el MACBA y la Fundació Tàpies, aunque, al final no ha podido ser así. El museo de arte contemporáneo me ha robado demasiado tiempo y hasta he salido de él con la impresión de haberme trasladado de continente.
No me han sorprendido los flechazos que he sentido con algunas obras; adoro la multiplicidad del arte contemporáneo. Pero sí que me ha chocado el rigor casi científico con el que algunos artistas tratan de interpretar sus propias obras. Como en busca de una poesía que solo se encuentra en las palabras de más de cuatro sílabas.
Ayer ya había tenido mi ración museística: en Mataró, han inaugurado una exposición muy pobre de una sola sala en Can Palauet. Cuenta la tradición de los «hipogeus» y las «cases de cós», que han permanecido con la historia de la ciudad desde más allá del siglo XVI. Las ruinas que han sobrevivido a los siglos con más encanto del Maresme.
Esta mañana, al salir del MACBA en dirección al autobús de regreso a Mataró, he cruzado Carrer Tallers. A medio camino, me han adelantado el paso una pareja de chicos. Llevaban una bicicleta negra con manillar rosa. He sonreído y he fantaseado, no con la idea de ser uno de ellos, sino con la de sumarme a ellos y montar algo así como un trío. Pese a que el amor haya dejado de estar presente en mi vida, aprovecho estos momentos en que no me pasa nada por la cabeza para imaginarme lo que podría ser. Lo que podría pasar. De qué chicos enamorarme y qué chicos olvidar. Todo se debe a que, hoy, el amor me parece un proyecto demasiado agotador. La recompensa por el esfuerzo ha de ser mayor que el mismo; no me cabe la menor duda de que la gente no se dejaría llevar por la corriente de ese sentimiento si no viera un beneficio. En esta palabra está la clave, he aquí el error: pensar que las palabras «amor» y «beneficio» son compatibles. Y no hay otra forma de entenderlo, no obstante.

Aún no he empezado a escribir la novela. Por ahora, no hay grandes cosas que puedan ser dichas ni hay previsión de que este vaya a ser el proyecto más ambicioso que pudiera crear. El punto de partida se ha simplificado: María y Jaume, editora y escritor, fundan una editorial en Mataró y trabajan en unos almacenes. Una vez se han estabilizado, deciden irse a vivir al bosque, en Dosrius. Desde allí, Jaume adquiere la perspectiva suficiente como para mirar hacia su propia vida y verla como la de un farsante. A la tristeza de este personaje la acompaña las esperanzas del otro, que, en su afán por volver más sólida su empresa, no duda en aprovecharse del prestigio de su hombre.

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