(Diario de adolescencia) 14 de marzo de 2015



Lo molesto de los sábados es que el autobús que va hacia Barcelona cambia su ruta habitual y pasa por delante de mi vivienda. Desde la ventana de mi habitación, lo veo desfilar cada hora: descomunal, vibrante, de cristales tintados. Si yo no voy dentro de él me siento muy desgraciado.
Por suerte, a partir del curso próximo, estudiaré en Barcelona ―haré allí el segundo curso de bachillerato— y tendré la oportunidad de ir a la ciudad cada día. Me dicen que acabaré cansado de esta rutina, pero no creo yo. Barcelona es donde estoy más centrado; siempre hay algo por hacer, visitar, calles que patear. El único problema es que, tal vez, no me serviría para escribir, ya que, si estuviera allí, me pasaría todo el tiempo viviendo. No sé cuándo contaría lo vivido.
El otro día, cuando me topé con Luna Miguel, le dije que siempre que estaba en Barcelona iba a hacer alguna cosa porque quería rentabilizar el billete del autobús. Ella, riendo, me decía que, por su lado, tendría que hacer todavía más para rentabilizar los setecientos euros del alquiler.
En cuanto al autobús, en sí ya es una maravilla; especialmente cuando me pongo en el asiento que hay de espaldas al conductor y puedo mirar al resto de pasajeros a la cara. Y, claro, también ser observado por ellos.

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