(Diario de adolescencia) 13 de abril de 2015



Mi reloj de muñeca, el mismo que ayer perdí en la cafetería, marca las siete y cinco a la vez que las campanas de la iglesia del pueblo cantan su serenata. Hoy, al fin, he estado en París, dentro de la ciudad y dentro de todos esos que alguna vez la han sentido tan suya como hoy lo he hecho yo.
Nada de expectativas echadas por los suelos, ni largas colas de turistas que lo fastidian todo. Cada detalle del día ha sido mostrado en su justa medida. Si la ciudad tiene algún exceso, he sido demasiado ciego para verlo. Me atrevería a decir que las alturas de la Torre Eiffel, desde su pie, me han parecido más coherentes de lo que se podría imaginar.
La sensación de estar dentro de una marmita para guiris ha persistido todas las horas. Las visitas han sido de lo más tradicionales ―el Bateau Mouche, les Champs-Élysées― y, no obstante, la felicidad del momento no ha caído ni disminuido.
Hay algo que tengo que confesar y que, por otro lado, me llena de vergüenza hacia mis propios pensamientos. Al salir por la boca del metro, temprano por la mañana, he visto un vagabundo negro vestido con un abrigo y he deseado ser él. Porque sus paseos seguirán siendo alrededor del Sena por mucho más tiempo y porque el encanto de París se encuentra en su aire, especialmente.
La convivencia con mi familia de acogida ha sido bastante positiva. La impresión que ellos habrán tenido de mí, la ignoro. Hace tiempo que me acostumbrado a no conectar con los demás, y hasta dudo de que alguna vez lo haya hecho.
Tienen libros de literatura francesa muy interesantes y, de hecho, me han dejado unas œuvres complètes de André Gide para que las ojee esta semana. Me plantearía robarlas, pero han sido demasiado amables conmigo. Si alguna cosa me garantizara que van a ser desagradables más adelante o en el último minuto, me las metería en la maleta y en breve estarían en mi estantería.

Y, ahora, son las siete y media pasadas. Mi chico de acogida se ha desentendido de mí por un rato y he estado esperando como un estúpido a que viniese a proponer algún plan. No pasa nada, sigo estándole agradecido por soportarme aquí.
Como que no tengo ni idea de los horarios por los que se rige la vida en esta familia, esperaré a que me llame. He traído El mar, el mar de Iris Murdoch conmigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario