(Diario de adolescencia) 12 de enero de 2015



Desde que nací, vivo en una casa de dos pisos ―muy modesta y discreta, cerca del centro de Mataró. En el primer piso vivo con mis padres y mi hermano. En el segundo piso están mis abuelos. Como nieto y amigo que soy de ellos, intento subir a verlos a diario. Y, ahora, en invierno, todavía lo hago más entusiasmo que de costumbre. Encienden un hogar en el salón, con troncos y ramas de Dosrius, al que voy cada tarde a calentarme. Y hoy, para no variar, también lo he hecho. He subido con L'Éducation sentimentale de Flaubert, traducida por Pere Gimferrer, y he entrado en calor desde el primer párrafo leído. Mis abuelos también estaban en el salón, viendo la tele.
A las ocho y pico, ha llegado mi hermano. Se le ha oído subir por las escaleras con sus prisas de abogado. Me ha saludado con la mirada y ha dejado una bolsa sobre la mesa. Era un móvil de segunda mano, con unas teclas muy gruesas, para mis abuelos. En fin, se ha repetido en mí esa sensación que llevo tanto tiempo teniendo y a la que, sin embargo, no consigo acostumbrarme. Él se responsabiliza, se implica, asume papeles dentro de la familia. Y, por mi parte, no puedo poner como excusa que sea el hijo menor y que él lleve en la familia más tiempo (tiene ocho años más que yo), si es que alguna vez la he usado como excusa. Es algo que me duele, y aunque intente educarme a mí mismo y evitar comparar lo que yo hago con lo que él hace, siempre caigo en el mismo pozo de lamentaciones. Él es el hijo de mis padres. Y yo, bueno, yo soy un personaje secundario.

Las páginas de este diario no me representan. Lo acabo de pensar, mientras echaba un ojo a algunas de las primeras. Una suerte que ya esté moribundo, este cuaderno, y pronto vaya a empezar uno nuevo. Necesito otro espejo en el que mirarme, y este ya está suficientemente lleno de basura, ¿no?

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