(Diario de adolescencia) 12 de diciembre de 2013



Me pone nervioso el hecho que existan personas que consiguen ser bellas con perfecta naturalidad, que no necesitan fingir una pose ni ladear la cabeza y torcer las cejas al hacerse una fotografía. Hay bastantes chicos guapos allí fuera, pero yo no quiero ninguno de ellos, ya que son, en su mayoría, unos estúpidos sin criterio ni sentido.
No obstante, ellos le gustan a la cámara y yo no. Tal vez es que las fotografías de mi móvil tienen muy poca calidad o que la iluminación en el cuarto no es demasiado buena, pero… aun así, a algunos no les es necesario demasiado para conseguir un genial retrato.
¿Podrían solucionarse mis problemas con cirugía? Quizás sí, pero soy joven y, además, valoro tanto la forma que me ha dado la naturaleza que no me atrevería a rebelarme en contra de ella. Todo se vuelve muy complicado cuando se observa desde diferentes encuadres.

Me planteo si estas páginas van a interesarle a alguien algún día. Mis ambiciones van cayendo, y cada vez me siento más gris y mundano, ¡qué asco! Nadie tiene un detalle conmigo. Tampoco lo necesito.
Soy el joven estirado en «Dos adolescentes», de Dalí, solo que más feo y menos amarillo.
Si me cortara las cejas, seguramente me vería mejor. El estilo alienígeno me vence. David Bowie en la época Ziggy Stardust desborda la sociedad de los siglos XX, XXI y XXII.

Ayer estuve jugando con Laura y Alicia en clase mientras uno de nuestros profesores hacía una reflexión frente todos los alumnos. El primer juego consistía en mirarnos los unos a los otros sin que a quien mirábamos nos estuviese mirando. Raro, ¿no? Era divertido.
Luego Alicia me recordó el juego que me inventé dos años atrás. En este, los jugadores debían buscar una víctima a quien preguntarle su propio nombre. Cuando lo dijera, deberíamos echarnos a reír, como si hubiese contado el chiste más gracioso del universo. Tras la confusión de la víctima: explicarle el juego. Somos un poco tontos, pero nos entretenemos como nadie más sabe hacerlo.

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