(Diario de adolescencia) 11 de mayo de 2015



Cuando se está acostumbrado a que las cosas salgan bien y no pasa así, la tensión nace, crece y me llega hasta el último músculo de la cara, insistiendo en que llore por más que abra los ojos y, respirando profundamente, me repita mantras. «Eres escritor, ¿de qué te sorprendes? No tiene que dársete bien.» Eso, una y otra vez, mientras mi consciencia me advierte de que un escritor no solo tiene que saber escribir.
Quedan dos clases de educación física para la despedida de la asignatura por toda mi vida. Eso no ha impedido que, en la sesión de hoy, sufriera. Nos hemos puesto en parejas para jugar a vóley con una pareja rival. Como que soy pésimo para cualquier deporte, me han emparejado con alguien muy bueno, Anna. Ella juega habitualmente, es entusiasta y tiene los ojos muy vivos. No sé cómo dos personalidades tan opuestas como la suya y la mía todavía no habían tenido ningún encontronazo.
Al empezar el partido, rápidamente, Anna se ha dado cuenta de que, por más que me diera consejos, mi ineptitud acababa con todo. Incluso con su paciencia. Me ha gritado más de una vez. Lo hacía sonriéndome, pero eso no saca que el tono fuera el que era.
Ha sido una prueba de fuego para mi orgullo, ese desconocido que creía que se había ido de dentro de mí. Tan solo se había escondido detrás de una pared maestra. Los ladrillos, hoy, han estallado y él lo ha hecho asimismo. Cuánto me he tenido que contener es algo que solo yo sé. He resistido sin irme al lavabo a llorar porque sabía que me encontraba delante de un golpe que tenía que tragar; salgo indemne de esta; mi fortaleza tendrá más cimiento, más piedra, será más sólida, me decía.
Mañana pediré a Anna que no me hable durante unos días. No necesito restaurar mi orgullo ni nada por el estilo. Solamente quisiera tiempo para olvidar lo ocurrido y volver a ver a Anna con los ojos de antes.

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