(Diario de adolescencia) 11 de enero de 2014



He empezado a escribir un relato de más o menos diez páginas en que voy a explicar mi experiencia con la piel, los granos y los malditos tratamientos. Será una descripción larga de mi dolor. No sé si mostraré el escrito a mis familiares una vez lo haya acabado. Me gusta que me vean como un ejemplo de muro irrompible, como un joven con mucha autoestima y confianza (he llegado a dramatizar mi ego para que se creyeran que me tengo por mucho más de lo real.)
Supongo que la cosa está en que no quiero que mis padres se preocupen demasiado por mí.
Por más que me esfuerce por ser objetivo, sigo sin encontrar más ventajas que desventajas en ser el hermano menor. Estoy condenado a ser el pequeño de la familia… ¡Qué ganas de escupir a los adultos!

Tenía pensado subir a la red hoy el último relato que he estado escribiendo, pero no he llegado a tiempo. Desde que empecé el nuevo trimestre me he movido sin parar, sin tomarme un merecido respiro. Que no haya publicado el texto hace que me sienta decepcionado conmigo mismo, aunque la culpa no sea mía, en realidad. Me atiborran de trabajos y exámenes cuando lo que quiero es crear y crear, una vez y otra, sin dejar de hacerlo ni un solo día. Poder ser considerado un autor «prolífico» dentro de muchos años.
En cualquier momento, la cafetera sonará, yo cerraré este archivo e iré a tomarme una taza de café con leche. Espero que haya acabado de explicar mis tonterías antes de que esto pase.
Estoy utilizando un vocabulario y una sintaxis más llanos que nunca. También me he vuelto más informal en las redes sociales y (¿por qué no decirlo?) en mi realidad misma. Dejo atrás, cada vez más atrás, una faceta de mi adolescencia. Cierro el capítulo de la arrogancia y lo pedante, con la esperanza de que el siguiente lleve por título: «Existencialista y coloquial. El camino hacia ser un chico carismático». También intento ser más amable, aunque no quiero ser tomado por una persona dulce; eso es demasiado… Es demasiado del yo de cuando tenía ocho o nueve años.
Ya no intento ser un tipo venido del siglo XIX; me he resignado, con mucho gusto, a quedarme en el siglo XXI. Estoy convencido de que mis tiempos me guardan grandes sorpresas. La cafetera suena. No pondré azúcar en el café. No me gusta que sea dulce; no me gusta ser muy dulce. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario