(Diario de adolescencia) 10 de marzo de 2015



Esta tarde, me he topado en el CCCB con Luna Miguel. Sí, la periodista que publicó un artículo en PlayGround sobre voces de los años noventa y me incluyó en él. Eso debió ser en agosto del año pasado. Desde entonces, nuestra relación no ha ido más allá de la cordialidad. Sin embargo, que al fin la haya conocido personalmente significa algo más para mí. Como si estuviera recibiendo llamadas del destino, que me ofrece la entrada en esos círculos de los que mis compañeros de colegio están tan lejos.
Aceptaré todas las invitaciones, acataré todas las sugerencias. La misma Luna me ha invitado a la presentación del libro de María Yuste. De paso me ha regalado un ejemplar del suyo, Los estómagos, que acaba de salir. Como el de María. Como el mío. Mañana comentaré alguna cosa sobre Feo y descalzo.
XVI
La dignidad no solo existe de cara a los otros. Es uno de nuestros bienes más preciados y, si nos empeñamos en defenderlo de una forma tan irracional, es porque comprendemos que, sin dignidad, no hay ninguna imagen justa o buena que dar de nosotros mismos.
Por ese mismo motivo, creo que cualquier crítica que dirigiera una persona a otra debería castigarse. No es a las demás personas a las que se puede criticar; uno puede criticar solo la obra de estas, su producción, los colectivos que forman cuando se juntan… Pero criticar un individuo valorándolo por sí mismo me parece uno de los mayores errores que se podrían cometer.
En otro orden de cosas, hoy, la soledad ha vuelto a serlo todo para mí. No tengo ni idea de cómo acercarme de nuevo a los demás. No es que me den miedo, en absoluto; es que me preocupa molestarles. Además, ni las conversaciones que tengo con mis compañeros llegan a satisfacerme ni ellos aspiran a tener una mayor amistad conmigo. Los días que me levanto en un estado más crítico, llego a clase y no puedo evitar maldecirlos para mis adentros. Cada uno que veo, cada uno que me pone de peor humor.
Joan Solà a propósito de Josep Pla
«Cuando escribía una cosa tenía una rara habilidad de síntesis. Es decir, la había entendido tan bien que la sabía decir con muy pocas palabras y con un lenguaje tan lingüísticamente correcto y socialmente comprensible que, en fin, es una de las grandes maravillas de este hombre.» Esa virtud. Esa virtud es la que admiro. Por lo menos, ahora. Necesito condensar todo un párrafo en una sola línea, aprender a hacerlo y repetir la labor en cada página de la novela que tengo entre manos, Belleza tangerina.

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