(Artículo) Prefiero Mi lucha a Harry Potter



Quisiera hablar sobre la saga Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, compuesta por seis libros, pero, antes, dejaré clara mi opinión sobre otra saga, Harry Potter, que, en lugar de estar compuesta por seis libros, está compuesta por ocho, de los cuales no he leído ni uno.
Ahora, de hecho, podría hacer un comentario odioso: no he leído el libro, pero he visto la película. He visto las películas de Harry Potter porque, de pequeño, papá me llevaba al cine cada vez que estrenaban una. Siempre me dio un poco de repelús el furor que levantaban entre algunos chavales, pero no es por eso que considero que Harry Potter es veneno.
Considero que Harry Potter es veneno porque lo único que hace es disfrazar con fantasía la historia de siempre: un joven príncipe azul está destinado desde su nacimiento a ser el gran salvador y está rodeado de personas que flipan con él porque es extraordinario.
Además, Harry Potter está lleno de personajes que son marginados. El problema no es que sean marginados: el problema es que su marginalidad aparece justificada o bien porque son malos o bien porque viven bajo circunstancias desafortunadas. Estos personajes nos dejan ver una mirada de la sociedad hacia los marginados, hacia todo lo que es diferente, que ni los respeta ni los visibiliza. Rowling sometió su texto a algunos filtros que debían detectar si había algo políticamente incorrecto en ellos. El error no debía ser si había algo políticamente incorrecto o no, porque el argumento, ya de por sí, apestaba a estereotipos sociales mal traídos.
Mi relación con Harry Potter va un poco más allá: a principio de curso, una compañera de la uni (a quien entonces no conocía personalmente) me vio por la facultad y colgó un mensaje en Facebook diciendo que había visto a un chico que se parecía a Tom Riddle. Algunos respondieron enfadados porque creían que, con eso de Tom Riddle, se estaba burlando de mí. En realidad, no pasa nada porque me comparen con Tom Riddle; adoro Lord Voldemort; quizá sea el único personaje mínimamente elegante de Harry Potter. Cuando Harry Potter sea una saga centrada en Lord Voldemort y no en el mago ese, mi opinión cambiará.
Si puedo decir todo esto sin haber leído Harry Potter, no es porque haya intuido que los libros son tan mediocres como las pelis. Puedo decirlo porque me opongo a todo lo que domina; claramente, Harry Potter lo hace. Pero no me entretendré más con este tema.
Si mi padre me hubiese dado a leer los libros de Knausgård en lugar de llevarme al cine a ver Harry Potter, ahora no sentiría que he desperdiciado unas cuantas horas de mi infancia. Sin embargo, cuando yo era pequeño, Knausgård aún no había sido traducido al español, así que no lo leí hasta 2012 o 2013 ―que es cuando salió publicado La muerte del padre, el primer volumen de la saga.
Me jode porque todo el mundo habla sobre Harry Potter y, en cambio, desde que empecé a leer a Knausgård, no he encontrado a alguien con quien discutir sobre sus obras. La máxima interacción que he tenido con otro lector suyo fue un día que, por la calle, me crucé con una mujer que llevaba Bailando en la oscuridad ―que es el cuarto volumen de la saga― entre los brazos.
Lo que Knausgård hace en Mi lucha, en resumidas cuentas, es escribir sobre su propia vida y, más concretamente, sobre algunos trapos sucios de su vida personal: cotilleo, salseo. Diríamos que su libro es una autobiografía o bien que es autoficción (que consiste en la mezcla entre la autobiografía y la ficción). Uno de los grandes motores de los volúmenes que ya he leído ―me falta el sexto y último porque aún no ha sido publicado en castellano― es la relación que tenía con su padre hasta que este murió. Sus líos amorosos, su experiencia como padre, etc., son otros temas bastante tratados.
En el último volumen que he leído, Tiene que llover, diría que el tema central es el bloqueo creativo de Knausgård. Describe la década que pasó viviendo en Bergen, desde que tenía diecinueve años hasta que se acercaba a la treintena, en los años noventa. Habla del curso que hizo en una tal Academia de la Escritura, de su paso por la universidad… En fin, es alentador verle equivocarse en casi todo lo que hace porque los humanos somos egocéntricos en mayor o menor medida y ver los errores de los demás nos hace restar importancia a los propios.
En un momento en que habla sobre el entierro de su padre, dice: «El cantante que habíamos contratado era viejo, tenía la voz quebrada y la sonata de chelo que tocó no fue precisamente una actuación virtuosa, pero encajaba, la vida no es perfecta, solo lo es la muerte, y aquello era la vida que miraba la muerte, el niño que lloraba por el ataúd.» Aquí se demuestra la capacidad de Knausgård para ir de lo particular a lo general. Es maravilloso. Un filósofo, en su lugar, te diría: «La muerte es perfecta y la vida no lo es.»; un novelista te diría: «El cantante del funeral de mi padre era una mierda.»; Knausgård va de la novela a la filosofía, de los hechos a la reflexión, de lo particular a lo universal; eso es lo que más me mola de sus libros. Viendo cómo los demás reflexionan, nosotros también aprendemos a reflexionar.
¿Qué implica leer a Knausgård? Recibir información indiscriminada, aluviones de recuerdos. Parece que no seleccione los recuerdos que cuenta, sino que intenta descubrir todo eso que se aparece en su memoria, en busca de un detalle revelador en medio de una inmensidad de banalidades. Porque sí, en Mi lucha se cuentan muchas banalidades, se habla de muchas cosas que el lector podría obviar. Francamente, me parece más importante que los niños lean a Knausgård que lean Harry Potter porque en algún momento tendrán que aprender que los libros no solo tratan de hechos maravillosos y poderes mágicos, sino que en ellos, como en cualquier otro aspecto de la vida, también hay aburrimiento.
Cuando leo a Knausgård, como cuando leo a Proust, no tengo miedo de aburrirme. Es cierto que lo que a veces te cuentan son cosas muy nimias, cosas a las que no darías la menor importancia, pero, al mismo tiempo, lo que hace que no quieras dejar de leerlos es la forma en que te lo cuentan. Si Knausgård y Proust no usasen las palabras que usan para describir algo insignificante, dejaría sus libros a medias. Como usan unas palabras que distingue sus libros de ―por ejemplo― un manual de cómo montar una bici estática, sigo con su lectura y lo hago satisfecho. Tengo la sensación de que viendo cómo ellos describen su propia realidad, su propia vida, aprendo a describir con un poco más de precisión la mía.
PORTADA DE TIENE QUE LLOVER, DE KARL OVE KNAUSGAARD.

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