(Relato) Acto único



Eduard nunca antes había salido de fiesta un miércoles. Iba a clase por la tarde, de manera que no le tendría que haber supuesto ningún problema: el jueves podría estar perfectamente al pie del cañón hacia el mediodía. Quizá porque hacía demasiado tiempo que pensaba en hacerlo, se decidió a tomar un autobús hacia Barcelona a las diez de la noche y quedar con una compañera de la universidad.
Se le hizo raro ir en dirección a la gran ciudad cuando ya había anochecido. Estaba acostumbrado a ese día a día incesante, siempre del mismo color: por las mañanas, estudiaba; por las tardes, iba a la uni; por la noche, se acostaba pronto; al día siguiente, vuelta a empezar. En ocasiones, encontraba algún imprevisto en su trayecto hacia la facultad y se sobresaltaba: cerraba los labios y retrocedía ante una calle vallada por reformas.
Se había puesto una camisa azul, de textura como de cachemir, pero evidentemente no era cachemir. Los pantalones que llevaba eran negros: sentado en el autobús, los repasaba con la palma de las manos porque su mamá se los había planchado mal y la forma de la raya había desaparecido. Olía a colonia de mujer. Esa colonia era una imitación, de hecho; por eso se la ponía generosamente, como si se la diese de beber a su ropa.
Justo cuando bajaba del autobús, apareció A. Estaba deslumbrante. Se había pintado los ojos de un negro que se degradaba al llegar a sus cejas. Los labios, rojos. Una chaqueta que brillaba como el charol. El pelo, corto, peinado hacia atrás con esmero; en algunas puntas, no se había puesto bien la gomina y recordaba al moco seco.
―¿Preparado para nuestra gran noche?
―Sí. ―respondió Eduard, con la sequedad de quien responde a la pregunta de un dependiente de súper: «¿Querrá una bolsa?» En verdad, no se creía lo que le había dicho a A. No necesito que esta sea mi gran noche, se repetía a sí mismo. Esa noche salía de fiesta porque quería beber, bailar, cansarse. ¿Por qué beber? Para, durante unas horas, dejar de pensar en su vida como un barco a la deriva. ¿Para qué bailar? Para cansarse. ¿Para qué cansarse? Para dormir profundamente.
Después de beber en un bar, cogieron un taxi hasta su discoteca. El coche se encontraba todos los semáforos en rojo. Mierda. Parecía una noche cualquiera, con las calles vacías y un silencio bucólico. Allí donde había la discoteca, una interminable hilera de jóvenes ponía una nota diferente a la calma de la ciudad. Reían y charlaban con la misma distensión que el resto del mundo un sábado por la tarde.
Hicieron cola. No tardaron en entrar. Aunque Eduard nunca había estado en esa discoteca y hubiera sido comprensible que lo primero que hiciera fuera quedarse boquiabierto delante de su escenario, corrió al baño. Cuando salió, A. le pidió que subieran a la terraza: «Me estoy fumando encima.» Había oído tantas veces esa misma broma que le dio asco. A. le invitó a un pitillo y se le pasaron las sensiblerías. Después de haber bebido tres cervezas, estaba en ese punto en que no le habría importado robar cigarrillos a su amiga a lo largo de la noche.
El cielo se veía menos contaminado que nunca. Incluso había alguna estrella que los saludaba, quizá cínicamente, quizá con compasión. A uno de los lados de la terraza, el nombre de la discoteca era proyectado sobre una pared de ladrillos rojos.
Eduard no era consciente de ello, pero ese instante de silencio, solo interrumpido por el murmullo de los demás fumadores, contrastaba con esos momentos en que sentimientos como la angustia o la inseguridad le habían formado un nudo en la garganta. Ahora solo fumaba y le importaba una mierda que fumar matase, porque respiraba con la suavidad de quien está en paz y, aunque llegaba tarde para arreglar el mundo e incluso su propia vida, nada le impediría librarse de sí mismo durante unas horas.
Bajaron a la planta de abajo porque estaban poniendo canciones que molaban. Hay dos tipos de discotecas: las que contratan a deejays que solo saben poner música guay y las que contratan a deejays que te quieren demostrar todo lo que saben; lo mismo ocurre en muchos otros ámbitos. El deejay que se movía sobre el escenario tenía una melena corta que se mecía por efecto de dos ventiladores, situados a sus lados. ¿Sería un espejismo? La gente le hacía fotos y las subía a Instagram. «Ese está hecho un diva», comentaba una sombra. «Menuda loca», decía la que había a su lado. A. y Eduard entraron cuando estaban poniendo Rihanna y no se resistieron a correr al centro de la pista. A medio camino, desistieron, porque deberían haber ido empujando a la marabunta de jóvenes que se apiñaba delante del escenario y no les apetecía llevarse un codazo. Se lo llevaron igualmente. La única forma de abrirse paso en ese sitio era a empujones; solo los más susceptibles se quejaban si alguien les daba un golpe.
Con la entrada, podían pedir una consumición. Fueron a la barra y dijeron: «Puerto de Indias.» Les contestaron que no tenían de eso. A. les habría acusado de estafadores: «¡Nos habéis cobrado once euros por la puta entrada!», pero se contuvo y los dos pidieron ron. No necesitaron acabarse sus bebidas para empezar a bailar como si les picara todo el cuerpo.
Sonó Ellie Goulding y algunas parejas se abrazaron. Los solteros ―quiero decir la mayoría de la gente― también se abrazaron y, asombrosamente, se diría que no existía ninguna diferencia entre los unos y los otros. Todos, cien años más tarde, estarían calvos.
Un chico se acercó a A. y le habló al oído. Eduard ya estaba cansado de que tantos chavales quisieran ligar con ella: ¿no podía bailar con su amiga sin que se le lanzaran encima cual moneda de oro embadurnada con gomina? Tenía la fuerte convicción de que todos los heteros eran unos cansinos.
―Dice este chico que le interesas. ―le susurró A. unos segundos después. Eduard pestañeó. Parecía que A. estuviese esperando alguna señal. El chico seguía ahí, al lado de ellos, aunque no les observaba directamente, sino que miraba en otra dirección como si tuviera cosas en las que pensar.― ¿Qué le digo?
Eduard siguió sin responder, así que A. se limitó a apartarse y a dejar que se aclarasen entre ellos. El muchacho se acercó a Eduard y, a los pocos segundos, ya se besaban como no se besa a una madre ni después de haber convivido con ella durante diecinueve años. Subieron a la terraza y fumaron unos Chesterfield mientras seguían liándose. El chico, que se llamaba Q., tenía veintitrés años y vivía en Barcelona, solo:
―¿Estás seguro de que esta noche volverás a tu ciudad? ―preguntó a Eduard.
También le dijo que quisiera conocerlo. Ese comentario quedó grabado en la cabeza de Eduard y, al cabo de pocos minutos, se lo repetía como una melodía pegadiza. Le costaba mirar a Q. a los ojos, aunque, con el paso del tiempo, sería lo único que recordaría de él: una mirada de extrañeza, tal vez de incomprensión, bastante expectante. Las horas pasaron con una velocidad increíble y, hacia las cinco, unos vigilantes, con linternas, subieron a la terraza y los echaron. La gente, como en el éxodo hebreo, salió animadamente de la discoteca. Aunque nadie lo decía, las ganas de volver a casa se mascaban en el aire.
Eduard se despidió de A. y subió con Q. a un taxi. ¿Dónde iban? Eso era secundario. La cuestión es que, mientras el coche recorría la ciudad, ellos hablaron más que en el resto de la noche: aun así, lo que se dijeron fue escaso y poco iluminador. ¿Qué sabían el uno del otro? Bueno. Eduard, en ese rato, aprendió que a ese chico, en realidad, no le iban los mocosos de diecinueve años como él, pero se sentía dispuesto a hacer una excepción; asimismo, le comentó que era autónomo.
―Esto es raro, no tengo ni idea de dónde estoy. ―dijo Eduard al descender del vehículo, mientras Q. pagaba al taxista. Pensó que quizá le debería haber dado las gracias, pero, al mismo tiempo, intuía que era inadecuado hacerlo en una situación como aquella.
Entraron en una casa con fachada antigua y picaporte. El interior era mucho más reciente: había, en las paredes, cuadros con actores de cine; un ordenador Mac presidía el escritorio; el sofá parecía mullido; la cocina estaba unida al comedor y al dormitorio, de manera que lo único que quedaba aparte era el baño y la sala del tendedero.
Se acostaron en el sofá y se besaron durante mucho menos rato que antes. Eduard hubiera sido más paciente si el efecto del alcohol no le hubiera hecho desentenderse de la cortesía. Propuso:
―¿Vamos a la cama?
―¿Pero tú qué quieres hacer?
―Bueno, no sé. Lo podemos ir viendo.
Por más juguetona y firme que sonase su respuesta, solo decía aquello con una sonrisa que le cruzaba la cara de lado a lado porque no tenía ni idea de qué pasos seguir. Quería que fuese Q. quien le indicase el camino. Ya eran las seis de la mañana y no sbría cómo dirigir dos cuerpos hasta la excitación él solo.
―¿Hasta qué punto quieres llegar? ―siguió Q.
―No lo sé.
―A mí me gustaría irte conociendo.
―Creo que irse conociendo está mitificado.
En la cama, Q. le desabrochó la camisa. Cuando Eduard iba a sacarle la camiseta, pareció que el otro rechistaba. Eduard paró en seco. Escuchó lo que le tenía que decir desde hacía unos minutos:
―Hoy no voy a correrme, ¿de acuerdo? Hoy no. ―Y, para que su frase perdiese ese deje desesperanzador, añadió:― Lo que más me gusta es dar placer.
Hizo que Eduard se tumbara sobre la sábana y relajase las piernas. Nuestro protagonista notó cómo dos manos se posaban sobre sus muslos y algo húmedo y vibrante se apoderaba de él. Ni se le ocurrió abrir los ojos. Se distrajo un par de veces: ¿por qué no quiere placer? ¿Habré hecho algo mal?, se preguntaba. Pero luego llegó la fuga de gas y, un poco más tarde, el trozo de papel de váter con que se secó el vientre.
―¿Pero cuánto hacía que no te corrías? ¡Madre mía! ―fue una de las últimas cosas que dijo Q. Se acostó a su lado y le preguntó cómo prefería que durmiesen. Eduard dijo que le era indiferente. Los ojos se les cerraron y no tuvieron ocasión ni de desearse unas buenas noches.
Unas horas más tarde, a las diez, Eduard se despertó sin motivo aparte. Había de volver a su ciudad para que sus padres no se preocupasen. Además, tenía trabajos pendientes. Se levantó de la cama y, justo cuando separaba una pierna del colchón, Q. se volvió bruscamente y le miró con los ojos entornados.
―Tienes que abrirme la puerta de la calle, ¿verdad? ―preguntó Eduard. Q. se alzó mientras él se vestía y le acompañó hasta la entrada. Se dieron sus números de teléfono y, cuando Eduard traspuso una de las hojas de la puerta, el recorte de luz que llegó desde la calle cruzó el rostro de Q. con cierto sentido celestial. Mientras volvía a cerrarla, el chico le decía adiós y se sumía, de nuevo, en la oscuridad de su casa. Eduard no tuvo que caminar demasiado para llegar hasta la parada de metro.
Durante el resto de la mañana, sonrió intermitentemente. Fue chateando a lo largo del día con Q. Hacia la noche, se dio cuenta de que los mensajes de ese chico se volvían bastante parcos. «Quiero conocerte», seguía repitiéndose en su cabeza. «Démonos los WhatsApp», recordaba que había insistido esa misma mañana. Al cabo de dos días, Eduard le sugirió que quedasen para tomar un café y Q. no pudo. Eduard propuso que se vieran el lunes siguiente, pero, como que Q. no le envió ningún mensaje para confirmar la hora y el lugar, lo dejó correr.


AUTORRETRATO DE EDWARD HOPPER

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