(Literatura) Una lección de amor proustiana. El amor en los tres primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido y en la narrativa de Los placeres y los días



No lo digo yo, lo dice Proust mismo: el consejo que sirve a una persona puede no servirle a otra y es muy difícil que se den las condiciones idóneas para que un consejo sea acertado.
Lo escribe uno de los escritores del siglo XX que supo hablar del amor con mayor exactitud y universalidad. Irónico, ¿verdad? Si incluso él nos habla modestamente de lo complicado que es aconsejar (sea o no en el amor), ¿qué podremos escribir sobre este los demás?
Si le preguntáramos a Proust cómo alcanzar su genio, quizá nos respondería: «La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar, y que no nos puede evitar nadie porque la sabiduría es una manera de ver las cosas.» ¿Entonces, qué podremos ofrecer nosotros como un consejo generalizado? ¡Nada! Aunque, de vez en cuando, nos olvidamos de la presión que produce pensar en Proust y nos dedicamos a escribir de la manera más sincera y desinteresada, ¿cómo, si no?

Es cierto que En busca del tiempo perdido trata sobre la vida. Sí, trata de la vida de su narrador, alguien de quien desconocemos el nombre y que se ha identificado con el autor mismo. Pero especificaríamos que trata sobre el amor a la vida. El detallismo; la fascinación por el pasado propio; el estiramiento del tiempo en cada capítulo, en cada página… Todo nos invita a considerar esta novela en siete volúmenes como un canto a lo vivido.
En el primer volumen de En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann, el amor es descrito a partir de la relación entre Charles Swann y Odette de Crécy en la segunda parte, «Unos amores de Swann» ―la parte, por cierto, más larga del volumen (doscientas cuarenta y seis páginas en la edición de Alianza Editorial), lo que sería indicativo de su importancia dentro del conjunto. Curiosamente, al inicio de este proyecto monumental, ya nos sentimos paralizados ante un contenido y una forma articulados de un modo tan especial que nos costaría encontrar palabras con que definirlos. La historia de Swann y Odette se intentó llevar al cine de la mano de Volker Schlöndorff en Un Amour de Swann, pero casi todos estaremos de acuerdo con que esa adaptación es insuficiente ―como probablemente lo sean todas las que se quieran hacer de la obra de Proust.
La lectura de este escritor, a momentos, se vuelve farragosa; en Roma, dirigida por Federico Fellini, una voz comenta: «Estoy harta de ti y de Proust». Esta densidad excesiva es algo que encontraremos, sobre todo, en un par de escenas del tercer volumen, El mundo de Guermantes, donde las recepciones del narrador protagonista en casa de la señora de Villeparisis o de la duquesa de Guermantes serán ejemplos del análisis extenuante que se hace de la mundanidad aristocrática.
Sin embargo, en el primer volumen, nos sorprenden algunas de esas perlas que nos impedirán abandonar la lectura, siempre en busca de una nueva, siempre a la espera de la frase con un giro asombroso. Una de las constataciones sobre el amor que aquí se hacen nos provocaría al menos una sonrisa: «La mayoría de las personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia; de modo que cuando en un ser depositamos posibilidades de pena o de alegría para nuestro corazón, se nos figura que pertenece a otro mundo, se envuelve en poesía, convierte nuestra vida en una gran llanura donde nosotros no apreciamos más que la distancia que de él nos separa.» Que el narrador piense que «La mayoría de las personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia» será clave para comprender su trato con la sociedad que le rodea.
La relación entre Swann y Odette, como hemos dicho, se despliega en la segunda parte del primer volumen, mientras que, en la primera parte, «Combray», encontramos el amor expresado de un modo panteísta. El narrador, recordando su niñez, evoca todo aquello que amaba: Combray, la lectura, los libros del escritor Bergotte (del que se dice que «cuando me encontraba en algún libro suyo un pensamiento que ya se me había ocurrido a mí, se me dilataba el corazón, como si un Dios lleno de bondad me lo hubiera devuelto y declarado legítimo y bello.») y el saber en general («Sentíame impaciente por llegar a la edad de entrar en la clase del colegio llamada de Filosofía.»).
Puede que el amor tal como lo entendemos generalmente no se exprese hasta que aparece la figura de una niña, Gilberta, hija de Swann y Odette, con quien el narrador vive su primer enamoramiento y de quien dice: «Porque creer que una persona participa de una vida incógnita cuyas puertas nos abrirá su cariño, es todo lo que exige el amor para brotar, lo que más estima y aquello por lo que cede todo lo demás.» La noción de incógnita, de misterio, que notamos en esta frase no es casual: una de las marcas que distinguen la manera de amar de este narrador es su extrema idealización de ciertas personas, atizada por una personalidad nerviosa.
Y, sin embargo, tampoco se obvia la decepción que suele conllevar la idealización: «esto de acercarse a las cosas y personas que desde lejos nos parecieron bellas y misteriosas, …, es un modo como otro cualquiera de resolver el problema de la vida; es uno de los métodos higiénicos … para ir pasando la vida y también para resignarnos a la muerte, porque como nos convence de que ya hemos llegado a lo mejor y de que lo mejor no era gran cosa, viene a enseñarnos a no echar nada de menos.»
El protagonista proustiano no solo es bastante enamoradizo, sino que también tiene una sagacidad que le permite hacer las observaciones que haría un narrador omnisciente. Sobre una «mujer joven» que aparece como de la nada, se dice: «Sentíase que en su gran renunciar había cambiado voluntariamente unos lugares donde al menos hubiera podido ver de lejos al amado por estos que nunca pisará él.» Así pues, no tan solo el narrador de la historia ama, sino que también lo hacen las personas de su alrededor, y es de estas personas de quienes, de vez en cuando, extrae las mayores lecciones.
Por ejemplo, también de la relación entre Swann y Odette, hace una anotación sobre el comienzo de un enamoramiento que, probablemente, cualquier lector trasladaría a su experiencia propia: «De todas las maneras de producirse el amor y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado uno de los más eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por entonces goza de nuestra simpatía se convertirá en el ser amado.» Lo que dice goza de tal precisión y belleza estilística que, a veces, nos preguntaríamos si el resto de páginas de En busca del tiempo perdido no sirven casi solamente para anteceder estos fragmentos tan hermosos, del mismo modo que, cuando acabamos de enamorarnos, nos preguntamos si el resto de cosas que hacemos en la vida no son más que distracciones hasta la llegada del amor, aquello nada contingente, aquello que se nos va imponiendo dentro.
Pero, ya en este primer volumen, el amor queda envenenado por la idea de propiedad. Esta idea es un avance de uno de los grandes temas del escritor francés: los celos. Se nos dice: «No por saber una cosa se la puede impedir; pero siquiera las cosas que averiguamos las tenemos, si no entre las manos, por lo menos en el pensamiento, y allí están a nuestra disposición, lo cual nos inspira la ilusión de gozar sobre ellas una especie de dominio.» Este privilegio de las cosas que tenemos en el pensamiento sobre las cosas que tenemos entre las manos nos permite intuir que es imposible retener a las personas que amamos. El narrador mismo experimentará esta imposibilidad en la tercera parte, «Nombres de tierras: El nombre», parte cortísima en comparación con las dos anteriores, en que se enamorará de Gilberta, su compañera de juegos en los Campos Elíseos. La felicidad de estar cerca de esta provocará al narrador el deseo de escribir, como se cuenta en A la sombra de las muchachas en flor, aunque sus intentos acabarán frustrados: «Al cabo de unas páginas preliminares se me caía la pluma de la mano, de aburrimiento, y lloraba de rabia al pensar que nunca tendría talento, que carecía de aptitudes (…).»
En las primeras páginas de este segundo volumen, no se abandona ni al personaje de Gilberta (del que el narrador se desencantará más adelante) ni los de Swann y Odette, que inspiran una de las reflexiones más emocionantes y reveladoras del capítulo: «Indudablemente hay muy pocas personas que comprendan el carácter profundamente subjetivo de ese fenómeno en que consiste el amor y cómo el amor es una especie de creación de una persona suplementaria distinta de la que lleva en el mundo el mismo nombre y que formamos con elementos sacados en su mayor parte de nuestro propio interior. Y por eso hay pocas personas a quienes les parezcan naturales las proporciones enormes que toma para nosotros un ser que no es el mismo que ellos ven.» La idealización del ser humano, como hemos dejado entrever, será constante en Proust, «porque solo nosotros podemos dar a ciertas cosas, gracias a la creencia de que tienen una existencia aparte, un alma, que luego esas cosas conservan y desarrollan en nosotros mismos.» He aquí la idealización o, asimismo, su opuesto, la infravaloración, que cobrará su forma más despreciable en el tercer volumen.
Siguiendo con A la sombra de las muchachas en flor, hacia un momento avanzado de la primera parte, encontramos la expresión del amor por la literatura, que llevará al protagonista a la voluntad de ser escritor y a la renuncia de su padre de las aspiraciones que tenía puestas en él. Esta afición ―o más bien pasión― hace que el narrador sospeche algunas cosas, puesto que su padre le comenta que sus aficiones ya no cambiarán: «La primera era que (cuando yo me consideraba todos los días en el umbral de mi vida, aún intacta, que no empezaría hasta el otro día), en realidad, mi existencia ya había comenzado, más aún, que lo que vendría después no sería muy distinto de lo que había venido hasta ahora.» Así pues, la grandeza de En busca del tiempo perdido no solo está en su enfoque del amor, sino que también ocurre que el amor invita a extraer conclusiones sobre los grandes problemas de la existencia.
Esta forma de entender la vida ―la vida como una acumulación, como un continuo, nunca como la posibilidad de partir de cero― dará lugar a otra idea, que es la de la permanencia de las personas con que nos hemos relacionado: «Las criaturas que han desempeñado un gran papel en nuestra vida es raro que salgan de ella súbitamente de una manera definitiva.»
Además de vivir el principio de su adolescencia y seguir con Gilberta como su gran amor, en el segundo volumen, conoce personalmente a Bergotte, en casa de los Swann. A propósito de la rareza del lenguaje que este utiliza, hace toda una defensa de la innovación, ironizando sobre quienes se quedan siempre con los mismos lugares comunes y que llaman «ideas claras a las que se hallan en el mismo grado de confusión que las suyas.»
Un poco más adelante, trata de adivinar el origen del genio, del que dice que «proviene, más bien que de elementos intelectuales y de refinamientos sociales superiores a los ajenos, de la facultad de transponerlos y transformarlos.» La igualdad de la que parece estar hablando Proust enraíza con esa visión panteísta de las cosas que tenía en su infancia. Una vez más, confirmamos que este libro trata sobre el amor a la vida, que este libro es una invitación a poner atención en aquello que hay a nuestro entorno, sin desdeñar nada con apriorismos de clase, de modas, etc.
Esta joie de vivre no necesariamente significa que el narrador tenga que vivir todo lo que le ocurre con alegría. Por el contrario, «cuando la pena, como en mi caso ocurría, nace en un momento en que la felicidad de ver a esa persona nos poseía por entero, la brusca depresión que se origina en el alma hasta aquel momento soleada, tranquila y sostenida, determina en nuestro ser una furiosa tempestad, y no sabemos si tendremos fuerza para luchar con ella hasta el fin.» Diríamos, entonces, que el protagonista ama la realidad que le rodea sin que por ello renuncie a los sentimientos más bajos, desde esta tristeza hasta la indiferencia con que tratará el cuerpo de Albertina, muchacha enamorada de él.
Sí, el narrador también hará daño en el amor, pero, con lo que primero se topa, como suele suceder, es con que le hacen daño a él. Un daño, quizá, nada consciente, puesto que se limita al silencio con que chocan quienes aman sin ser correspondidos. A partir de estos hechos (ser correspondido, corresponder), se nos habla del tiempo: «El tiempo libre de que disponemos cada día es elástico: las pasiones que sentimos le dilatan, las que inspiramos le acortan y el hábito le llena.» Tal vez es por esto que, en El mundo de Guermantes, hallaremos escenas tan largas en que lo que se cuenta es de mínimo interés para el lector: porque las pasiones del narrador hacen que su tiempo se dilate.
Además de este amor a la vida, pensaríamos que estamos enfrente del amor a la complejidad, y que es este el que lleva al narrador a hacer descripciones de algunos personajes que no tendrían parangón en la historia de la literatura. Para ilustrar esto mismo, él escribe: «El rostro humano es realmente como el de un dios de la teogonía oriental: todo un racimo de caras yuxtapuestas en distintos planos y que no se ven al mismo tiempo.»
Proust también será útil a quienes hayan sufrido un desengaño amoroso y sientan el deber de olvidar a alguien, puesto que una parte curiosa de su lección sobre el amor es esta: «Y esa resistencia me costaba cada vez menos esfuerzo, porque por mucho cariño que se tenga al veneno que nos está haciendo daño, cuando por una necesidad se pasa algún tiempo sin ingerirlo no es posible dejar de apreciar el descanso, que antes era cosa desconocida, y la ausencia de dolores y emociones.» Su lectura tanto puede resultarnos esperanzadora como desoladora. Este segundo caso, la otra cara de la moneda, está en: «Edifica uno su vida para determinada persona, y cuando ya está todo dispuesto para recibirla, no viene, muere para nosotros, y tenemos que vivir prisioneros en la morada que labramos para ella.»
Los consejos o simples observaciones no solo son puestos en boca del narrador. También hay personajes que, en los diálogos, expresan su mirada sobre el mundo, como el barón de Charlus, quien dice: «Lo importante en esta vida no es aquello en que se pone el amor, sino el sentir amor.»
En el tercer volumen, el narrador abandona su niñez y su adolescencia para adentrarse en la vida de la nobleza parisina. Seguimos viendo la duda sobre el conocimiento en que el narrador ya había recaído en el primer volumen (¿es posible conocer a alguien?), además de su tendencia a la idealización, que dará, como consecuencia, un fuerte deseo por su parte de codearse con la clase aristocrática de la época.
Se nos muestran nuevas notas sobre la personalidad de este protagonista, como un cierto egocentrismo: «desde el momento en que uno está enamorado, todos los pequeños privilegios desconocidos que posee quisiera poder divulgarlos ante la mujer a quien ama, (…).» O también la buena fe o inocencia: «la idea de perversidad era demasiado dolorosa para mí.» O la certeza (reafirmada varias veces) de que «Todo el mundo ve más hermoseado aquello que ve a distancia, lo que ve en los demás.»
Notamos, además, una llamativa creencia de que todo se encuentra en el individuo, como pensarían otros autores introspectivos de la época (André Gide, por ejemplo): «Los simples de espíritu se imaginan que las grandes dimensiones de los fenómenos sociales son una excelente ocasión para penetrar más adelante en el alma humana; deberían, por el contrario, comprender que como tendrían probabilidad de comprender esos fenómenos es descendiendo en profundidad en una individualidad.» Muchas frases parecen escritas con la intención de enaltecer al individuo, el valor del hombre de por sí. El narrador ve, en los demás, algo indescifrable y rápidamente mitificado que se acentúa en las personas que ama.
El sentido del humor se trasluce sobre todo en este volumen, en que el deseo físico juega un papel principal y en que la idea del beso aparecerá hasta con un punto de ridiculez: «Pero los labios, hechos para llevar al paladar el sabor de aquello que les tienta, han de contentarse, sin comprender su error y sin confesar su decepción, con vagar por la superficie y tropezarse con el cercado de la mejilla impenetrable y deseada.»
Y no solo es principal en este volumen la sensualidad, sino que también descubrimos otra cara del narrador que, hasta el momento, nos había permanecido oculta. Si bien nos habíamos convencido de que es un chico extremamente sensible y frágil, la fugacidad con que cambia de parecer en el amor nos pilla desprevenidos: «Aquella a quien se da todo es sustituida tan aprisa por otra, que se queda uno pasmado de dar lo que tiene de nuevo, a cada hora, sin esperanza de porvenir.»

Si tenemos que hacer caso a lo que el narrador nos dice en la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor, los conocimientos que nos transmite sobre distintos temas vienen de su adolescencia. Quizá es esta la razón por la que Proust consideraba sus escritos de Los placeres y los días, escritos de juventud, superiores a los que llegarían después: «Más tarde se ven las cosas de un modo más práctico, más en conformidad con las demás gentes, pero la adolescencia es la única época en que se aprende algo.»
Mientras que En busca del tiempo perdido es una obra que inaugura el siglo XX, Los placeres y los días se publica a finales del siglo XIX y se relaciona de un modo más explícito con la literatura simbolista, aunque Proust renegará de ella en escritos teóricos. Es el primer libro del escritor, un recojo de relatos, poemas y prosas poéticas de entre los que destacaremos la narrativa, que constituye el grueso de la obra.
En el primer relato, «La muerte de Baldassare Silvande, vizconde de Silvania», uno de los primeros personajes que se nos muestra, Alexis, es un niño de doce años que nos remite directamente al Proust niño del primer volumen de En busca del tiempo perdido; diríamos, pues, que es un esbozo de ese personaje. Alexis se encuentra desolado por la muerte inminente de su tío, el vizconde de Silvania. Del mismo modo que en la gran novela de Proust se reiteraba una idealización del amor, aquí hallaremos una idealización de la muerte: «había querido contemplar el rostro de un moribundo despegado por siempre de las realidades vulgares, (…)»; la muerte como algo que enaltece, que sublima al hombre.
Pero, tal vez, lo que más curioso nos resulte de este relato, al respecto del amor, sea que ya se intuyen las ideas que hemos tratado de En busca del tiempo perdido, como los cambios repentinos que se operan en los sentimientos y que no siempre logramos explicarnos: «En qué momento sus relaciones habían cambiado de naturaleza, eso nunca pudo recordarlo», se dice del tío de Alexis, el vizconde de Silvania.
El tema del segundo relato, «Violante o la mundanidad», se resume con un refrán: dime con quién andas y te diré quién eres. Violante, una chica que ha pasado por una «infancia meditativa» y con apariencia de pureza, se ve conducida a una vida de sociedad frívola y superficial porque se enamora de un hombre que pertenece a esta, Laurence.
En otro relato, «Melancólico veraneo de Madame de Breyves», Françoise (también llamada Voragynes Breyves) empieza a tontear a través de miradas con Jacques de Laléande, un hombre al que no aprecia en el momento en que lo ve en persona pero del que se enamora a continuación. Obligada a separarse de tal hombre después de su primer encuentro (en el que apenas tienen la oportunidad de hablar), se cerciora del tiempo que habrá de pasar antes de que vuelva a verlo y siente dolor hasta el punto de recrearse en él: «Quería conservar mucho tiempo en la boca el gusto amargo y dulce de toda aquella tristeza provocada por él y que la rodeaba.»
A diferencia de otros personajes proustianos cuando se enamoran, Madame de Breyves no idealiza las virtudes de su amado; es más, reconoce que no tiene virtud alguna: «lo poco que él era contaba poco desde el momento en que le causaba sufrimientos y alegrías (…).» Resulta curioso que, en este texto que precede a En busca del tiempo perdido, la idealización sea contenida y distante.
Asimismo, llama la atención una de las frases que pronuncia Madame de Breyves cuando le informan de que no podrá ver a Jacques de Laléande en un sitio donde ha acudido expresamente para ello: «Me aburro que me muero.», dice. «Me duele la cabeza, por favor, vámonos.» El amor, tanto en este caso como en otros, resulta una distracción, un recurso contra el tedio que tan bien supo definir la literatura decimonónica.
En «La confesión de una joven», la narradora del relato, después de haber contado cómo eran las temporadas que pasaba de niña en casa de sus tíos en Les Oublis, echando de menos a su madre, habla sobre su entrada en sociedad y su enamoramiento de un joven «perverso y malvado». Más de un personaje masculino «corrompe» a la joven narradora, hasta el punto de decirse de uno de ellos que «Cuando acabó el amor [por él], el hábito [de los malos pensamientos] había ocupado su sitio y no faltaban jóvenes inmorales para aprovecharlo». De manera que la joven se corrompe cuando el chico de quien está enamorada la conduce a una vida más frívola y superficial que aquella que había tenido hasta el momento, como le ocurría a la protagonista de «Violante o la mundanidad».
Es, este, un enamoramiento que choca con el deseo de la narradora de tener fuerza de voluntad y que le llevará, más adelante, a ser infiel a su prometido con un chico llamado Jacques. Sin embargo, la importancia de la confesión que se nos hace no es tanto la infidelidad que comete la narradora como el sentimiento de culpa que le corroe y el dolor que siente cuando se da cuenta de que su madre ha observado su falta y se ha fijado en que disfrutaba con ella. Pese a que en este cuento aparezca el amor de pareja, acaba siendo el amor hacia la madre y la desaprobación de esta la que inclina la protagonista al suicidio.
«Una cena de sociedad», quizá, es el relato de Los placeres y los días en que el amor se expresa de un modo menos directo. Dividido en dos capítulos, encontramos, en el primero, la narración de una cena completamente corriente en que, más allá del juego de seducción que establecen algunos comensales, no vemos que el sentimiento amoroso intervenga de forma demasiado clara. En el segundo capítulo, sin embargo, el protagonista, Honoré, sale de la cena y camina por la calle: observa su entorno con una delectación, con un amor panteísta que nos remitiría al Proust niño de Por el camino de Swann. Tanto lo humano («Todas las personas en que pensaba se le volvían de pronto irresistiblemente simpáticas; […]») como lo paisajístico («Solo sufría por no poder alcanzar inmediatamente todos los lugares que estaban situados aquí y allá en una perspectiva infinita, lejos de él.») resultan a Honoré fascinadores. Y, sin embargo, la felicidad que siente en tal momento se ve perturbada por un pensamiento: el que le dice que la felicidad no le servirá para escribir mejor.
En último lugar, en «El final de los celos», conocemos a una pareja, Mme. Seaune (Françoise) y Honoré de Tenvres, que viven su amor de una manera completa, sintiendo devoción el uno por el otro: «Así atravesaba rápidamente Honoré la vida desde hacía un año, corriendo desde por la mañana hacia la hora de la tarde en que la vería.» La vida es descrita como una excusa para amar.
Sin embargo, su amor está manchado desde el principio, puesto que Honoré es consciente de su condición perecedera: «Recordaba lo poco que habían durado tantas pasiones que al nacer había creído inmortales (…).» Y, por más que se desquicia para amar para siempre a Mme. Seaune, acabará viendo como, después de sufrir un accidente, es incapaz de sentir tanto los celos que en otro momento le habían roído como el amor particular que le dirigía; en su lecho de muerte, confiesa su amor hacia la totalidad del mundo ―volvemos, así, al Proust niño, al Honoré de «Una cena de sociedad», a un amor expansivo que entiende el mundo sin límites, como un todo entrecruzado.
Los protagonistas de Proust dirigen su amor a objetos y sujetos. Los hay de más y menos inocentes, de más y menos perversos, pero podríamos aventurar que algo que todos comparten es una idea de bondad con la que, a veces, son más consecuentes y a la que, otras veces, traicionan.
Xavier Sirés

Agradecimientos
A Alain Verjat, por su opinión sobre el enfoque del artículo, su agudo razonamiento y su recomendación, que seguro que satisfará todas las expectativas que pueda crear como lector.
Bibliografía
Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, España, Alianza Editorial, 2013.
Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor, España, Alianza Editorial, 2015.
Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido. El mundo de Guermantes, España, Alianza Editorial, 2016.
Proust, Marcel, Los placeres y los días, España, Valdemar, 2006.

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