(Segundo diario) Sábado, 15 de abril de 2017. Giotto y Hong Sang-soo



A las siete, he subido la persiana de mi habitación y, mirando a través de ella, me he dicho: «Ahora ya entiendo a qué se refiere la gente cuando habla de un cielo de Giotto.» El azul de esa hora no tenía nada que ver con el azul del día ni con el negro de la noche. Era un azul sucio, algo fluorescente, que recordaba el de la ropa vieja. Delante de ese cielo, se recortaba la terraza de mis vecinos de enfrente; me ha parecido el lugar ideal donde ambientar una escena de despedida.
He leído la palabra «memorias» en algún sitio y me ha hecho pensar que, el día que escribí la introducción de este diario, no me acordé de todas las razones que tenía para empezarlo. ¿Qué otro motivo había, aparte del que comenté? Al cumplir dieciocho años, me vinieron ganas de mirar hacia atrás y hacer una revisión atenta de lo que había sido mi vida hasta el momento. Pensé en escribir unas memorias. ¿Qué clase de chico de dieciocho años escribe unas memorias? Hacerlo habría sido una boutade de enfant terrible. (Es alucinante la cantidad de palabras que tiene el francés para referirse a esas acciones y actitudes que representan la vanidad.)
Escribir unas memorias, sin embargo, habría sido precipitado. Del mismo modo que algo me frena a publicar mi Diario de adolescencia, un reparo me impide escribir unas memorias. Hablar de la vida privada de uno mismo ―que implica la vida privada de los demás―, por más que se haga por un motivo estético, suele ser peligroso: no solo provocaría indignación, sino que también habría personas que se ofenderían. Digamos que las palabras las carga el diablo.
Por la tarde, voy con mis padres a ver Lo tuyo y tú, dirigida por Hong Sang-soo, en los Renoir Floridablanca. Llevaba toda la semana deseando ver esta película. Al ver, en la pantalla del cine, el título, me he emocionado como si no hubiera podido ser más fan. Lo tuyo y tú, para mí, trata del daño que pueden hacer las habladurías de terceras personas en una relación amorosa; y digo «para mí» porque parece que cada espectador de esta peli acaba con una interpretación muy personal y singular de ella. A la salida, una señora comentan: «¡No he entendido nada!» Bueno, no creo que sea tan fácil no entender nada. Precisamente un personaje de la película invita a otros personajes a que acojan el misterio de lo que les ocurra, de lo que vean; quizá sea el mismo Hong quien, escondido detrás de ese personaje, calme al espectador más inseguro.

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